Ganándole Terreno al Miedo
"... la muerte me vino me vino a ‘buscá
’ y yo le dije carajo respeta...
yo tengo cien años ‘no má’,
por ahí por donde viniste regresa...
yo tengo cien años ‘no má’,
por ahí por donde viniste regresa...
Ay conmigo, que nadie se meta
Oye conmigo, que nadie se meta"
Esta es la primera estrofa de una canción muy popular en la región de los Montes de María en el norte de Colombia, interpretada por los Gaiteros de San Jacinto, la cual fue compuesta por el médico Nando Coba, del municipio de San Juan Nepomuceno, para su amigo el tamborero mayor Fernando Mosquera, en un momento en el cual éste se encontraba muy enfermo de salud y de lo que se trataba era de reanimarlo, es decir como parte de su tratamiento.
No es raro, por tanto, encontrar a personas como Soraya Bayuelo, una de las fundadoras del Colectivo de Comunicaciones Montes de María Línea 21, quien habita en El Carmen de Bolívar, municipio también de la denominada región montemariana, que queda a unos pocos kilómetros de San Jacinto, quien cuando se encuentra enferma o con los ánimos decaídos recurre al tratamiento con Conmigo que nadie se meta, nombre de la canción del maestro-médico Coba, ahora desde su computador en versión mp3, como una forma de fortalecer su salud a partir de su espíritu. Es innegable que tanto la melodía como la letra de la canción son pegajosas, pero lo que hace que uno también se contagie de ella es la comprobación cotidiana de sus efectos terapéuticos.
Canciones como ésta hacen parte de un importante acervo cultural de tradiciones que no expresan otra cosa que formas de construcción simbólica en la lucha contra la muerte, y recurrir a esta simbología implica entonces la posibilidad de construir justas heroicas o demostraciones frente a la muerte, que hacen que ésta tenga que retroceder y dar un paso atrás, o alejarse por lo menos por algún tiempo, mientras se presenta ese encuentro final del cual todos somos insalvables.
Es así como en la última estrofa de esta canción, después de una importante argumentación en otros versos más, por parte de quien canta, la muerte reconoce que aún no es tiempo y decide tomar distancia después de un saludo cordial.
“La muerte se puso a ‘escuchá’
Y ‘hombe’ me dijo eso si es fortaleza
La muerte se puso a ‘escuchá’
y ‘hombe’ me dijo eso si es fortaleza
no más te vine a ‘saludá’
todavía puedes ‘seguí’ aquí en la tierra
no más te vine a ‘saludá’
todavía puedes ‘seguí’ aquí en la tierra
Ay conmigo, que nadie se meta
Oye conmigo, que nadie se meta
Ay conmigo, que nadie se meta
Ay conmigo, que nadie se meta”
Sin embargo, gran parte de este tipo de construcciones simbólicas que pretenden retar a la muerte se han referido históricamente a un tipo de muerte, la cual es muy explícita en otro de los apartes de la canción:
"La vejez no sólo es la ‘edá’
ay las ganas de ‘viví’ es lo que cuenta
La vejez no sólo es la ‘edá’
ay las ganas de ‘viví’ es lo que cuenta
siento que ‘toavía’ hay ‘facultá’
para medirme a ‘to lo’ que se venga
siento que ‘toavía’ hay ‘facultá’
para medirme a ‘to lo’ que se venga”
Este tipo de muerte está asociado con el deterioro propio de la vejez, de tal forma que un argumento convincente en contra de ella, pude ser que el avance de la edad no es muestra contundente de que no exista suficiente fortaleza para vivir, y en tanto haya ‘ganas de viví’ y ‘facultá’, entendida como capacidad de enfrentar los retos de la vida, no tiene sentido la presencia de la muerte.
Sin embargo, cuando la presencia de la muerte cambia de apariencia y de argumentos el proceso de construcción simbólica plantea otros retos, es así como surge el Proyecto Cinta de Sueños, que enmarca el ‘Cine Club Itinerante La Rosa Púrpura del Cairo’, desarrollado por parte del Colectivo de Comunicaciones Montes de María Línea 21.
¿Por qué afirmar entonces que la presencia de la muerte cambia de apariencia y de argumentos en la región montemariana, sobretodo en referencia a los últimos quince años?
Clemencia Rodríguez (2005) en su texto “Construyendo País desde lo Pequeñito: Comunicación Ciudadana en Montes de María, Colombia”, basándose en autores como Catherine Legrand (1986) y Leon Zamosc (1986), muestra como en una región llamada en otros momentos como “zona bendita” por parte de sus habitantes, en tanto su diversidad climática favorece la producción agropecuaria, en un proceso de expansión de la frontera agrícola, sus tierras públicas fueron entregadas por parte del gobierno a familias adineradas, creándose importantes extensiones de cultivos como tabaco, en un dinámica que generó acumulación de tierras en manos de pocos, derivando en un proceso de exclusión y violencia social. Rodríguez (2005), citando a Alejandro Reyes (1.999), muestra igualmente como esta asociación entre terratenientes apropiados de terrenos que continuaban sin explotar, con el clientelismo que posibilitaba un control político, generó un caldo de cultivo para que estos territorios fueran ocupados en principio por parte de grupos guerrilleros, luego paramilitares, sobretodo teniendo en cuenta que adicionalmente este territorio es estratégico como ruta para el tráfico de armas y de narcóticos, y constituyéndose finalmente en base de operaciones del ejercito.
Es así como a partir de la década del 90, y aunque tradicionalmente su gente tenía un fuerte arraigo de un espíritu no violento, ampliamente descrito en las investigaciones del profesor Orlando Fals Borda (1986) y en el Mapa Cultural del Caribe Colombiano (1993), la región montemariana se ve afectada por procesos de confrontación violenta que implicaban tomas armadas en zonas rurales y urbanas, combates, masacres, desplazamiento forzado, y prohibiciones de circulación e interacción en el espacio público, como las calles, parques y plazas, así como en determinados horarios como el de la noche, que históricamente han sido vitales para los procesos de interacción humana, aspecto realmente crítico para una región que ha tenido fuertes procesos de organización social que a pesar de todo han resistido los embates de la guerra.
Tal como se describe anteriormente, es evidente que la presencia de la muerte cambia entonces de apariencia y de argumentos.
Cambia de apariencia, en tanto la negación de la vida se da no sólo de manera física, sino también social, cultural y simbólica, al restringir los espacios que la gente usa para poder construir su cotidianeidad, su vida pública y su simbología –referentes de significación colectiva-, así como la negación de las posibilidades comunicativas que permite el diálogo público. Negación de elementos de gran significación representados por ejemplo en la oralidad de las conversaciones de los velorios y las noches de cuentería en mecedoras alrededor de la familia.
Cambian los argumentos, en tanto no tienen nada que ver con el deterioro que viene con la vejez y la enfermedad, o la falta de fortaleza, pues gran parte de la población que es víctima de la guerra es población joven masculina, aunque con consecuencias en mujeres, niños y niñas. Así mismo, esta vez, la argumentación tiene que ver con la identificación que se hace del otro como un enemigo o como su aliado. En estas condiciones, todo otro, aunque me sea próximo, puede ser sospechoso o puede ser aliado del enemigo. Tanto los vecinos como los espacios públicos que otrora fueron fortaleza y cohesión, se convirtieron en escenarios de desconfianza, de incertidumbre y de miedo.
Son estas las condiciones que retan nuevas formas de construcción simbólica en la lucha contra la muerte, esta vez apoyadas desde otras perspectivas y opciones comunicacionales mediáticas, como lo es la utilización del cine, mediante la creación del Proyecto Cinta de Sueños que enmarca el Cine Club Itinerante La Rosa Púrpura del Cairo.
Precisamente en este contexto surge en el año 1994 el Colectivo de Comunicaciones Montes de María Línea 21, impulsado principalmente por mujeres, como una apuesta por el trabajo a partir de la comunicación y la cultura, para incidir en los procesos de fortalecimiento de la identidad cultural local y la convivencia. Es así como en sus antecedentes aparecen dinámicas de movilización colectiva por parte de diferentes actores, a partir del trabajo desde las Casas de Cultura y bibliotecas públicas de los municipios de la región montemariana.
El trabajo de reivindicación del espacio público, así como la generación de capacidades comunicacionales de la población se consideraba estratégico y a partir del uso en diferentes momentos del video, la radio y el cine se fue constituyendo en una dinámica muy intensa, con énfasis en colectivos infantiles y juveniles de comunicación. Tal como lo afirma Clemencia Rodríguez (2005) “el fin último no es la producción mediática sino la transformación de imaginarios colectivos” y de en términos de Soraya Bayuelo, la formación de “sujetos políticos transformadores autónomos”.
El Cine Club Itinerante La Rosa Púrpura del Cairo, uno de los proyectos centrales de este colectivo, se concibe entonces como un proceso pedagógico de ciudadanía que nace como constructor de opciones lúdicas y educativas para que los jóvenes de la región de los Montes de María, por un lado, ampliaran sus alternativas de vida, y por el otro, se recuperara la calle como escenario para construir lo público con la participación de toda la comunidad.
Sus pretensiones han estado orientadas a recuperar la confianza entre los pobladores de la región, para así cimentar un puente entre las generaciones, que garantice el diálogo constructivo entre los habitantes. Así mismo, construir espacios de reflexión entre niños, jóvenes y adultos que fomenten una cultura de paz y convivencia. Se identificó también como propósito clave promover la integración entre las comunidades desplazadas y receptoras para así viabilizar la construcción social colectiva.
Como apuestas complementarias se enfatiza también en fomentar la organización comunitaria alrededor de la cultura, con una proyección empresarial como alternativa de vida y en la construcción de herramientas de formación y capacitación para valorar y registrar la memoria de los pueblos y sus comunidades.
A juicio de quienes conforman el colectivo, los logros que se han obtenido en términos de impacto sobre el conflicto son de valor cualitativo ya que se relacionan con la transformación del ser humano de manera integral, destacando:
- La construcción de espacios lúdicos y reflexivos para toda la comunidad y particularmente para los niños y jóvenes en pos de una cultura de paz y convivencia.
- La integración de las comunidades a través de las proyecciones de cine al aire libre.
- La recuperación de los espacios públicos perdidos por la casi inexistente congregación de sus pobladores a causa del temor causado por ataques repentinos de los grupos armados irregulares. Poco a poco, la comunidad ha ido superando el miedo y ha ido volcándose nuevamente a sus calles.
- Se han desarrollado procesos de diseño y utilización de herramientas pedagógicas de formación en producción y realización de piezas comunicativas radiales y audiovisuales, que dan lugar a la recreación y a la re-construcción de la memoria colectiva de sus pueblos, resultado que se puede ver en la formación de más de trescientos jóvenes, al interior de cinco Colectivos de Comunicaciones en diferentes municipios de la región y tres organizaciones jurídicamente constituidas como nuevos colectivos juveniles de comunicación.
- Aunado a ello, se han construido caminos pedagógicos paralelos al Cine Club dado que el equipo se ha propuesto enseñarles a los jóvenes el manejo de la cámara de video y fotografía y además, realiza un registro audiovisual permanente de la experiencia para lograr una memoria del proceso que les permita a las comunidades participar incluso de la misma proyección.
Estos resultados han construido las principales fortalezas que tienen hoy tanto el colectivo como los proyecto que desarrolla y que se expresan en el respaldo de las comunidades y principalmente de los jóvenes de los municipios a donde llega el Cine Club, la cualificación de los jóvenes que participan, pues hoy constituyen un recurso humano formado, capacitado y apasionado por lo que está haciendo, las alianzas que se han establecido con otros colectivos de la misma índole; como con la asociación de cine clubes La Iguana, que es una asociación a nivel nacional, el Festival de Cine de Cartagena, la Cinemateca del Caribe, el Festival Audiovisual de Santa Fe de Antioquia, el Sistema de Información para la Paz - SIPAZ y varias agencias de las Naciones Unidas.
Volviendo a su orígenes, comenzar con el Cine Club Itinerante La Rosa Púrpura del Cairo era una decisión osada, se trataba ni más ni menos que plantear un reto a la negación del tiempo y espacio que generaba el ámbito de la guerra, de tal forma que la proyección de una película en la plaza o en otros lugares públicos fuese un pretexto para que la gente se encontrara, pero que a su vez tuviera referentes para la imaginación y la conversación.
Algunas veces con películas dirigidas a una población infantil y en otras a una población adulta, sin que se hiciera algo más que la instalación de una pantalla, que en principio era una tela blanca colgada sobre una pared, con un proyector de video y un equipo de amplificación, así como un proceso de convocatoria en horas previas, de tal forma que no se supiera con demasiada anticipación la realización de la actividad y no se diera tiempo de anticipar alguna reacción o aprovechamiento del espacio por parte de los grupos armados, se esperaba a que la población se fuera acercando lentamente, cada quien con su silla y de manera silenciosa en principio, asistiera al espectáculo de observar una película bajo un techo de estrellas, la cual, una vez finalizada la proyección, regresaba nuevamente a su casa, de manera silenciosa, cada quien con su silla.
No había foro, no había debate público, sólo había presencia del cine y del público, se partía de una plena confianza en la metáfora de Woody Allen en su película titulada con el nombre puesto intencionalmente al cine itinerante. Se confiaba plenamente en que los personajes saldrían de la pantalla y establecerían diálogos e interacción directa con el público, acto que a lo mejor podría ser imperceptible para los personajes de la guerra. ¿De qué conversarían con estos nuevos personajes? No importa, de repente ellos les preguntarían cual es el mejor grupo de gaita en este momento o se les contaría la historia de cómo y quien compuso la canción Conmigo que nadie se meta, a lo mejor hablarían de comida, les darían la receta para preparar el mote de queso, o les dirían que tal vez el aguacate bajaría bien de la montaña. Lo cierto es que en ese regreso silencioso del público, del cine a su casa, cada quien con su silla en la mano, la compañía de los personajes de la película, invisibles para otros ojos, ya estaba dentro de ellos.
Si bien la escogencia de los títulos y los temas de las películas es intencional, no es lo más importante. El reto estaba en principio en la recuperación del espacio público, del tiempo vedado de la noche y de la conversación pública, se trataba entonces de poder llenar nuevamente las calles, plazas y diferentes espacios por los cuáles itineraba el cine, al principio de manera silenciosa, y luego, cada vez con un poco más sonidos, pues a futuro se fueron integrando presencias que otrora hicieron parte de estos espacios como la conversación y la música, tal como ha sucedido en la fase más reciente de Cinta de Sueños, esta vez recorriendo otros municipios además del Carmen de Bolívar, como Chalán, Colosó, San Antonio de Palmito, María La Baja, Tolú Viejo, Ovejas, San Onofre, o el Guamo.
Al día siguiente, después de cada proyección y el retorno silencioso, los personajes de la película han hecho su trabajo. Cuando los habitantes del Carmen de Bolívar se miran a la cara saben que tienen algo en común, saben que tienen algo de que conversar, saben que existen personajes invisibles rondando por allí que les plantean preguntas y afirmaciones como en el caso de la noche anterior, cuando un joven campesino de unos 20 años, mientras veía la película sobre una cebra corredora, pregunta a su vecino: “¿Cómo podrán hacer que hablen estos animales?” Y luego se responde a sí mismo: “Eso deben ser los computadores”. O una niña de 8 años, quien dice a su compañerita de silla: “si una cebra pudo ganarle una carrera a los caballos eso quiere decir que uno puede hacer muchas cosas, inclusive a las que le tiene miedo”.
A lo mejor se comienza a conversar de manera individual, o en parejas, o en pequeños grupos, con o a partir de los personajes salidos de la pantalla, pero poco a poco esta conversación se va convirtiendo en conversación colectiva, en conversación pública y va pasando por temáticas que necesariamente tocan los diferentes aspectos que suceden en la región, incluyendo los conflictos, el miedo y la guerra. Pero lo más importante es que las conversaciones que se generan permiten ir construyendo nuevamente la certidumbre del otro, del desconocido, del vecino, del amigo, del personaje aquel que parecía sospechoso porque todas las mañanas ronda por mi casa, y que ayer estaba en el cine, y con quien hoy conversé sobre la película, y de quien sé hoy, que todos los días pasa por mi calle porque su hija estudia con mi hijo en la escuela de la otra cuadra y que aunque llegó al Barrio Las Margaritas, desplazado por la violencia, no es mi enemigo. No se qué hubiese pasado si él no va al cine de anoche o si yo no lo hago, siempre tuve miedo de preguntarle de manera directa por qué pasaba todos los días por mi casa, porque en un ambiente de guerra y de miedo esas preguntas no se hacen, porque de repente el sospechoso podría ser yo. Esta es una situación hipotética, pero que ilustra bien las anécdotas escuchadas a distintas personas de El Carmen de Bolívar sobre sus conversaciones con otras personas después de ver el cine en la calle o en la plaza.
Sin embargo, con el cine itinerante, con el espacio público, con la noche y con la conversación pública, llegan otras cosas que van asociadas con estas nuevas certidumbres y se pueden expresar en las palabras de un habitante del Municipio de Chalán, al día siguiente, después de asistir a una proyección del cine, previa presentación de grupos musicales en un coliseo recién construido en un sitio donde había sido demolida una edificación en un atentado de un grupo armado: “Pensar que este sitio nos trae recuerdos tan encontrados, aquí, después del atentado del ‘burro bomba’, a la gente le daba miedo venir, es más, cuando venía un carro del que la gente no conocía su ruido, la gente se escondía en sus casas. Con la presentación del cine y de las gaitas yo siento que la gente recupera no sólo la confianza, sino también la alegría que se había perdido en el pueblo, esto es esto es para que la vida vuelva a nacer en Chalán”.
Sin embargo, la metáfora de La Rosa Púrpura del Cairo aún no concluye, pues ahora con su nueva versión itinerante por quince municipios de la Región Montemariana, producto de una apuesta de creación simbólica por parte de quienes jalonan este proyecto, esto es, Soraya Bayuelo y Beatriz Ochoa, acompañadas de un grupo jóvenes de la región y de un comunicador y dos comunicadoras sociales egresados de Uninorte, avanzan en un proyecto denominado “Cinta de Sueños, estrategia para la promoción y acción de la convivencia pacífica en los Montes de María”, donde los personajes salidos de la imaginación del cine, ayudan a los pobladores, niños, niñas y jóvenes principalmente, a disoñar relatos, esta vez a partir de guiones construidos de retazos de historias de su propia cotidianeidad y con toda la creatividad del médico Nando Coba, están realizando cintas en cortometrajes, que les permitirán con su estética entrar a la pantalla de la cual salieron una vez estos personajes para invadirlos.
De esta metáfora que recorre los Montes de María como Cine Itinerante La Rosa Púrpura del Cairo o como Cinta de Sueños quedan algunas reflexiones que se plantean como hipótesis al momento de la evaluación de este proyecto:
- Cuando se trata de construir lo público es necesario entender también la comunicación como pretexto en un proceso. Esto es, donde la preocupación se centre más en generar el proceso comunicacional, confiando en que los espacios y dinámicas comunicacionales generen sus propias consecuencias, y donde el sentido de la comunicación esté en el hecho de que la gente se comunique entre sí, reduciendo inclusive la importancia de los contenidos. Esta hipótesis me recuerda una afirmación de Humberto Maturana (1996) en su libro La Democracia es una Obra de Arte en el cual dice que es en las conversaciones sobre qué es la democracia donde se construye la verdadera democracia, esto es, la democracia no es una forma de gobierno pre-elaborada, que hay que adoptar, sino el proceso mismo mediante el cual la gente decide como se quiere gobernar. Es así que, para el caso de los medios ciudadanos en zonas de conflicto, más allá de la creación y difusión de contenidos y simbologías pre – elaboradas con el propósito de generar corrientes de opinión y acción, que por supuesto son válidas, es posible que de lo que se trate es de facilitar espacios de comunicación y desarrollar capacidades comunicacionales en la gente, de tal forma que se potencie su capacidad de construcción simbólica colectiva, la cual, a su vez, contribuye a la creación de nuevas certidumbres, donde se garantice la libre expresión y se ejerza la comunicación y como un derecho muy humano.
- En el mismo sentido que en el punto anterior, aparece la necesidad de enfatizar en la apuesta por la generación de lo deseado a partir de de la apropiación del proceso y no necesariamente del contenido comunicacional, aunque éste último se considera importante. Esto es lo que se podría definir como empoderamiento desde la comunicación. Este es un elemento que se expresa en la apuesta del cine itinerante, y que se corrobora en casos como el de Stefany, una niña de 16 años, quien escribe una crónica con su historia de vida de participación en los colectivos infantiles del Colectivo, y quien, a pesar de mostrar dotes de una gran memoria en el desarrollo de su narración, siempre hace referencia a que no recuerda ni los contenidos ni los temas de gran parte de los eventos que enumera de los que ha participado, sin embargo, recuerda con precisión qué capacidades comunicacionales fue desarrollando en ellos como el perder el miedo a hablar, saber construir sus propias argumentaciones, utilizar de manera adecuada la información a la que accede, entender que su opinión tiene valor, e inclusive alcanzar la capacidad de generar orientación a otros niños y niñas sobre estos procesos. Ahora, ella es la coordinadora del Colectivo Infantil y Juvenil Nuevo Porvenir del Barrio el Páramo y su historia nos enseña como el contenido puede estar en el proceso mismo. Yo no estoy seguro si Stefany pueda decirme con precisión cuáles son los derechos de los niños y las niñas y en qué consisten las capacidades y los derechos a la comunicación, sin embargo, cuando uno la ve actuar en la vida cotidiana, en sus relaciones, en su trabajo, evidencia todo el tiempo como los ejerce y reivindica.
- La comunicación puede constituir escenarios y procesos de generación de certidumbres. Esto es, aún en medio de las múltiples incertidumbres que genera la pobreza en la región, complejizadas por las que a su vez va generando la guerra, como el desplazamiento y la creación de territorios de miedo, la comunicación, a través de este tipo de dinámicas de construcción simbólica contribuye a reconstruir y a crear nuevos referentes de certeza y de acción colectiva, que permiten que aún en medio de la violencia, la comunidades de los Montes de María puedan seguir reconstruyendo su vida y expresándose en contra de la guerra, pero desde posiciones que posibilitan que su punto de vista en favor de la convivencia y en contra de la guerra no pueda ser identificado como un otro enemigo perteneciente a alguno de los bandos que entran en el conflicto violento. Es decir, construir conversación, interacción, confianza, tejido social es en sí mismo un proceso de creación de referentes comunes con los cuáles se identifica la población y que se convierte en algo cierto que permite ordenar de alguna manera la vida.
- La comunicación en el lugar del conflicto permite la generación de consensos y disensos en un ambiente donde los acuerdos no niegan las diferencias y donde los intereses colectivos no niegan los intereses individuales. Uno de los elementos inherentes a la guerra o a la violencia es la negación de las dinámicas comunicaciones que posibiliten un trámite al conflicto, diferente al de la imposición por la fuerza, esto es, la construcción de convivencia. De hecho la violencia es la imposición de uno de los puntos de vista por la fuerza y la guerra es el proceso de trámite de esta imposición. La alternativa a la violencia y a la guerra es la generación de escenarios, procesos y capacidades comunicacionales que posibiliten la confrontación de intereses y la generación de construcciones simbólicas como alternativas de trámite de conflictos a partir del reconocimiento de las diferencias, de la existencia del otro como interlocutor válido y necesario.
Esta discusión plantea igualmente una necesaria diferenciación entre la construcción de convivencia y la pacificación. A pesar la polisemia de la palabra paz, en muchas de las oportunidades, sobretodo en los imaginarios de la gente, ésta se asocia a la negación del conflicto. Es decir la paz es vista como un escenario donde no hay conflictos, lo cual es consecuente en muchas oportunidades con una concepción negativa del conflicto. Por eso es posible concebir que una región sea pacificada, esto es, una región donde se impone un punto de vista por la fuerza, en muchos casos por la vía armada, generando un ambiente donde se niega el conflicto y se vive en un clima aparente de convivencia. Sin embargo la convivencia es diferente, a juicio de Bernardo Toro (2001), la convivencia no es natural a los seres humanos, la convivencia es artificial, es construida por ellos mismos. Esto es, la convivencia es una decisión de una sociedad de valorar los intereses de los diversos actores de esa sociedad, de valorar el conflicto como una forma de legitimar esos intereses y de generar espacios donde el trámite del conflicto y la confrontación de intereses sea posible a través de procesos comunicacionales, de interacción simbólica.
El desarrollo de proyectos como Cinta de Sueños, que enmarca el ‘Cine Club Itinerante La Rosa Púrpura del Cairo’, por parte del Colectivo de Comunicaciones Montes de María Línea 21, es lo que ha permitido que las poblaciones puedan seguir viviendo y luchando contra todas estas nuevas formas de presencia de la muerte y continuar cantando con Nando Coba cuando dice:
“mi diente ni asomo a “aflojá”
“pa” las mujeres mi alma está dispuesta
mi diente ni asomo a “aflojá”
“pa” las mujeres mi alma está dispuesta
yo como lo que haya “e tragá”
dicen lo que no hace daño aprovecha
yo como lo que haya “e tragá”
dicen lo que no hace daño aprovecha
Ay conmigo, que nadie se meta
Oye conmigo, que nadie se meta”
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