Hora de leer
49 minutes
Imágenes y política
Por Jesús Martín Barbero y German Rey
1. El estallido del espacio televisivo
Desde hace unos años se ha venido produciendo una importante ampliación del paisaje televisivo. A las formas de televisión abierta conocidas durante décadas se han unido la televisión por cable, internet, televisiones comunitarias, canales locales, televisión por satélite. Esta renovación del paisaje televisivo no se restringe solamente a las modificaciones tecnológicas sino que presiona los ordenamientos jurídicos, las relaciones de las audiencias con los productos televisivos, las variaciones de los gustos y las transformaciones de los géneros. Si los televidentes reciben actualmente más mensajes televisivos también varían las formas en que se relacionan con ellos, desde las maneras en que los seleccionan hasta los modos en que componen autónomamente sus propias carteleras de programación o diseñan sus ritmos personales de recepción televisiva ahora mucho mas impactados por las posibilidades de zapping.
La aparición de nuevas modalidades de televisión ha estado también acompañada de cambios profundos en sus formas de gestión. Los modelos públicos y privados que estuvieron presentes en el origen de los diversos sistemas televisivos mundiales han variado y en la gran mayoría de países de América Latina se experimenta un notable afianzamiento de lo privado junto a un sensible debilitamiento de lo público. El fortalecimiento de lo privado se manifiesta tanto en la inserción de la televisión en las lógicas comerciales como en su constitución como una de las industrias contemporáneas más significativas por los grados de inversión económica que maneja, su integración con otras áreas de la economía, la diversificación de los mercados y la racionalización de sus procesos de producción.
En efecto, la televisión es el medio de comunicación que acapara los porcentajes más importantes de la inversión publicitaria y algunos de sus géneros -como sucede especialmente con la telenovela y los informativos- manejan presupuestos millonarios. Pero desde hace años la televisión ya no se limita únicamente a la producción y circulación de sus productos sino que desde el inicio éstos se diseñan con la posibilidad de conectarse a otras actividades del espectáculo y el consumo. Artistas que son escogidos para facilitar la extensión internacional de los mercados, programas que dan lugar a presentaciones masivas o al desarrollo de una industria musical pujante, concursos, magazines o series dramáticas en los que se publicitan desde artículos de consumo doméstico hasta objetos sofisticados y de lujo son todos manifestaciones de esas intersecciones, cada día más intensas y complejas, entre la televisión y el merchandising.
Pero este auge de lo privado en la televisión no se ha vivido en los sistemas públicos. Sometidas a un deterioro progresivo, las televisiones públicas se han enfrentado a algunas disyuntivas de las que no han salido indemnes: o se deben adaptar a las condiciones del mercado, ingresando como otros actores más en la competencia comercial o persisten en sus relaciones con los Estados y los Gobiernos que ya no están muy decididos a subsidiarlas. Entre estas dos formas quizás extremas de su funcionamiento han empezado a aparecer otras: modelos mixtos que combinan la participación estatal con procedimientos y mecanismos de competencia, sistemas públicos que, como sucede hasta el momento con algunas televisiones europeas que se mantienen en su condición pública, derivan su ingreso de una mezcla entre publicidad y sostenimiento a partir de aportes de la ciudadanía, tratando de proyectarse como opciones diferentes a las televisiones privadas comerciales.
La "estatalización" de lo público produjo en algunas televisiones una cooptación por parte de los gobiernos de sus verdaderos objetivos y funciones. Cooptación que se manifiesta de modos muy diversos: desde el uso propagandístico de los canales hasta la ambigüedad en encontrarles una identidad propia y una manera particular de hacer televisión. El caso Berlusconi demostró hasta qué punto un político emparentado con la videopolítica y la propiedad de los medios era capaz de desfigurar el sentido de la televisión pública que entendía como particularmente plegada a los propósitos del gobierno.
La inexistencia de políticas televisivas, unidas a la definición social de políticas culturales, el poco riesgo y experimentación en sus labores creativas y de programación, la ausencia de productores independientes que propongan innovaciones de lenguaje, la copia de los formatos reiterativos de las televisiones comerciales son sólo algunos de los problemas que han sufrido las televisiones públicas y que en muchos casos las han conducido infortunadamente a una realidad de postración y soledad. Las televisiones públicas ofrecieron espacios emancipatorios donde, en palabras de García Canclini ( 1998), «crecieron la información independiente y la conciencia ciudadana, se legitimaron las demandas de la gente común y se limitó el poder de los grupos hegemónicos en la política y en los negocios».
Pero, según el mismo autor, estos espacios emancipatorios están en peligro por varios motivos; por «la reducción del papel de los estados como proveedores de los servicios públicos y el estrechamiento de sus recursos financieros en un período en que las innovaciones tecnológicas y el encarecimiento de la producción comunicacional exigen altas inversiones, que son más accesibles al sector privado; las iniciativas de renovación y expansión dejan de estar en manos de la British Broadcasting Company (BBC), de la RAI italiana, y de los medios estatales en Europa y América Latina, que ceden ese papel a Murdoch, Berlusconi, CNN, Globo y Televisa» así como por «el aumento de la competencia transnacional por los mercados y la innovación tecnológica, que subordina a la rápida acumulación mercantil las tareas culturales y la responsabilidad informativa, llevando incluso a la "autocomercialización" a las radios y a los canales de televisión públicos».1
Este estallido del espacio audiovisual presenta una serie de características particulares. Si bien existe un aumento de la oferta televisiva, su diversidad y sobre todo su pluralismo no es tan abundante y consistente como algunos apresuradamente piensan. Como corrobora Keane, la afirmación de que el mercado permite un máximo de libertad de elección individual es dudosa, porque la oferta global de programación es reducida, repetitiva y previsible, además de que la publicidad favorece a los negocios y desfavorece a los ciudadanos. Las televisiones públicas deberían encontrar un difícil equilibrio entre una programación generalista, es decir, orientada hacia la mayoría del público, con una programación que tenga en cuenta los derechos de las minorías, esas que no suelen acomodarse a las descripciones de las poblaciones-objetivo.
Una televisión que transmita fútbol junto a escenificaciones de ópera, el cine que no suele mostrarse normalmente en las salas comerciales con eventos próximos a las sensibilidades más contemporáneas de los jóvenes. Si las televisiones comerciales aumentan las posibilidades de contrastación cultural, el acceso a la información o la recurrencia a modelos de vida diferentes a los propios también segmenta, estandariza y somete las realidades a incisivos procesos de reducción y banalización. Se supondría que las televisiones públicas tienen el reto de ofrecer otros ámbitos de ficción e imaginación, otras entradas comprensivas a los problemas cotidianos, otras maneras de confrontar públicamente los asuntos que conciernen a los ciudadanos.
El estallido ha producido también unas mezclas muy interesantes entre lo global, lo nacional y lo local. Si hay un lugar social en donde se confirma la circulación mundializada de la cultura (Ortiz, Renato) pero a la vez el crecimiento de las afirmaciones locales es la televisión. En ella se combinan los textos creados por la industria transnacional especialmente estadounidense con los melodramas nacionales y las transmisiones locales en unos efectos de hibridación en que confluyen diferentes tipos de relatos, se conectan deseos, aspiraciones e intereses muy diferentes, circulan conocimientos que antes eran inaccesibles y se producen procesos de socialización más abiertos que hace unos años. La reconfiguración del paisaje televisivo no ha sido únicamente de modalidades de televisión o de normatividad jurídica. Tantas televisiones han creado nuevos públicos así como transformaciones en la geografía cognitiva y sentimental de la televisión.
Las televisiones por cable han permitido surgir audiencias especializadas mientras que cadenas musicales como MTV producen sugestivas identificaciones generacionales, vinculaciones muy fuertes entre estéticas emergentes y estilos de vida. Como afirmó hace años Umberto Eco para la lectura, todo texto genera su lector modelo. Canales y programas crean audiencias modelo que son mucho más que televidentes fortuitos; se trata de grupos o tribus identificables, tanto por sus preferencias mediáticas como por sus decisiones vitales. A la renovación de los públicos la acompañan las modificaciones cognitivas, es decir, las diferentes formas de interpretación y apropiación de los mensajes televisivos y su ubicación en otros contextos de sus vidas cotidianas.
El estallido pone en movimiento otras mediaciones de la recepción televisiva entendidas como las diferentes instancias culturales desde donde el público de los medios produce y se apropia del significado y del sentido del proceso comunicativo. Aplicado al campo de la televidencia, Guillermo Orozco ha definido las mediaciones como «un proceso estructurante que configura y reconfigura tanto la interacción de los miembros de la audiencia con la televisión como la creación por ellos del sentido de esa interacción».2 Si las televisiones comunitarias y locales ponen en relación a los televidentes con las situaciones más cercanas de su barrio, su familia extensa, sus vecinos, los documentales científicos del Discovery Channel generan contextos educativos en que la ciencia se aproxima a lo cotidiano de una manera que hace lúdica la didáctica y entretenido el saber. La aparición de un territorio más amplio de propuestas televisivas ha significado también un complejo redimensionamiento jurídico.
La facilidad para captar señales incidentales de los satélites cuestiona las barreras de la soberanía nacional e insiste en los derechos transnacionales de autores y productores. La innovación tecnológica supone decisiones sobre el espectro, cambios en las formas de control y fiscalización, definiciones sobre la asignación de las frecuencias o los permisos para operar. Las relaciones entre medios llaman la atención sobre la democratización de las comunicaciones, la salvaguarda de la intimidad de las personas y la inconveniencia de las prácticas monopolísticas. Por eso en los últimos años se han producido procesos de reforma de las leyes sobre comunicación en una gran cantidad de países que buscan adaptar una reglamentación que muy pronto se desactualiza respecto a los requerimientos sociales y políticos que favorecen las nuevas tecnologías de la comunicación.
2. Los medios como actores sociales: cambios en su identidad
Una revisión de la situación de la industria mediática parece indicar que se están dando reformulaciones importantes en la identidad de los medios como actores sociales, variaciones en los órdenes de sus alianzas entre sí y con otras instituciones sociales, un redibujamiento de la propiedad que deja atrás -por lo menos como tendencia- el sentido meramente acumulativo temporalmente y lento de otros años. Pero también se producen reacomodamientos, como ya se ha visto, de las relaciones entre lo público y lo privado, ampliación, segmentación e intersección de las audiencias y una interconfluencia entre medios y entre géneros (lo que H. Herlinghaus ha llamado «intermedialidad» ); todo ello unido a cambios en las percepciones sociales sobre las industrias culturales y en las actuaciones ante ellas de la sociedad civil.
La significación social de los medios está variando. Junto a su capacidad de representar lo social y construir la actualidad persiste su función socializadora y de formación de las culturas políticas. Entrelazados con la historia de las sociedades modernas los medios además de «mostrar» cómo se van dando los cambios los acompañan. En un país como Colombia la televisión testimonia en su propia evolución las transiciones de una sociedad «parroquial» a una moderna, es decir, de una sociedad homogénea y unificada a una más plural, heterogénea, laicizada y fragmentada. Esa transición se puede percibir en la disolución de algunos géneros o en el fortalecimiento de otros, en las adaptaciones tecnológicas que además de ampliar coberturas modifican relaciones de las audiencias con la televisión, permiten el acceso de otros sectores sociales, resquebrajan las limitaciones de expresión.
El peso de la información internacional en noticieros que eran endogámicos y cerrados evidencia conexiones con el mundo que modifican de algún modo nuestra manera de percibirnos mientras que las versiones sociales que adopta la telenovela de los noventa uniendo, por ejemplo, continuidad narrativa y sucesos sociales de coyuntura, confirman que las realidades se han hecho mucho más complejas y variadas que hace unos años, cuando las ciudades eran más pequeñas y más aprehensibles.
Pero también los medios expresan en su funcionamiento los cambios que viven los Estados, que se rediseñan tratando de encontrar el tamaño adecuado, la flexibilidad necesaria, los campos y las formas de presencia más acordes con las modificaciones que se viven en otros ámbitos de la vida en sociedad. Durante años la televisión ha sido un laboratorio donde se perciben las interacciones entre lo público y lo privado de una manera más intensa que en otros, los intentos de democratización como también de clausura, los ajustes -y desajustes- entre la fuerza de los grandes conglomerados y los derechos de los ciudadanos. Los cambios en los modelos de gestión de las televisiones públicas constatan con precisión la crisis del Estado del bienestar y de las formas proteccionistas mientras que resaltan los diseños de Estado que están emergiendo, las áreas de la vida social en que los medios tienen una participación mucho más protagónica, incluso reemplazándolo o siendo complementario de algunas de sus funciones.
Los medios han aumentado su rol de intermediarios entre instituciones del Estado y la gente, procesan la inconformidad de la ciudadanía, sensibilizan socialmente frente a intervenciones estatales en ciertas situaciones y llegan incluso a ser factores determinantes de la gobernabilidad local o nacional. Todo lo anterior está acompañado de funciones que los medios han ido encontrando para sí y que son indicativas de las transformaciones políticas y culturales que se producen en la sociedad. La idea de que los medios fundamentalmente «representan» lo social ha cedido ante su ascensión como actores sociales, ante su legitimidad como sujetos que intervienen activamente en la realidad. El control político y la fiscalización es una de las funciones básicas que se le asignan a los medios en sociedades en que los poderes se han acrecentado y en que definitivamente se han diversificado.
Por eso se observan con tanta precaución las uniones entre grandes corporaciones económicas y medios o entre gobierno y medios y se enfatiza el carácter de visibilidad que tienen los medios frente a los mimetismos de la corrupción, las infracciones de los derechos humanos o el poderío transnacional de las compañías multinacionales. La fiscalización también crece sobre los medios porque ellos mismos se han convertido en un poder y los ciudadanos sienten que debe hacerse un seguimiento de sus acciones, abierto y público. Los medios de comunicación se ven comprometidos con la aparición de nuevos temas, actores e interpretaciones sociales y culturales. Así como surgen secciones diferentes a las habituales en los periódicos o se mezclan géneros de manera imprevisible en la televisión, se conforman televisiones por cable especializadas o se proponen mecanismos de participación de los lectores y las audiencias.
Esta aproximación a nuevos temas (ecología, género, rock, calidad de vida, salud, etc.) suele crearle incertidumbres a los medios que no siempre los acogen con la amplitud deseable; poco a poco se devuelven sobre ellos mismos en un efecto de contemporaneidad que los abre a diálogos fructíferos y a renovaciones convenientes. Por la música, el cine o el vídeo las culturas juveniles ingresaron en los medios impregnando de un estilo otros campos como la propia política o incluso la economía; campesinos pobres afirman en una investigación reciente su interés por poder comprender a sus hijos a través de la información educativa.
Los medios también están modificando sus alianzas con otros actores sociales. Venidos de afiliaciones partidistas inamovibles, han empezado a relativizar sus adhesiones, a hacerse mucho más permeables a otras opciones políticas y cada vez con mayor frecuencia a ser críticos de las prácticas políticas tradicionales que antes habían defendido de manera vertical. Una actitud explicable en sociedades en donde se diversifica la participación y en que los grupos en competencia son tan variados como la propia sociedad en la que actúan. De este modo la identidad de los medios como actores sociales se rehace.
Las transiciones que en estos años han sufrido los medios de comunicación en muchos países de Latinoamérica y del mundo al pasar de una organización familiar a una gestión empresarial y corporativa y de una intervención focalizada a una multimedial desencadenan una serie de transformaciones en su identidad como actores sociales así como en su funcionamiento cultural. Estas transiciones no son un asunto de voluntad sino de exigencias que provienen de la complejización de los mercados, la renovación tecnológica, los requerimientos de la competencia y las propias lógicas internas del desarrollo de los medios. El mercado mediático, en efecto, se ha ido expandiendo en los últimos años de una forma tal que la competencia es cada día más fuerte y diversificada y ha roto las compuertas reglamentarias que durante años definieron las legislaciones de algunos medios.
Alianzas entre empresas nacionales de medios, sinergias con empresas de otros sectores cercanos, participación extranjera -tecnológica, económica, de producción y distribución- en aumento, son hoy algunos eventos frecuentes que impactan e impactarán a los medios. Esta movilización y adecuación de las empresas mediáticas genera debates complejos sobre la calidad de la información, su independencia, sus límites en materia de derechos fundamentales como la salvaguarda de la intimidad o la redefinición de la libertad de expresión; las formas de interacción con el Estado, las compatibilidades e incompatibilidades entre información e intereses económicos.
Esta empresalización de los medios representa otra modificación sustancial: el paso de lo sectorial a lo multimedial. Durante años, por ejemplo, las instituciones de información se centraron en el periodismo escrito, donde aprendieron o consolidaron un oficio que poco a poco se fue fracturando por el crecimiento de la oferta mediática, la diversificación de las audiencias y la aparición de otros lenguajes que desde lo sonoro, lo audiovisual y lo informatizado empezaron a retar fuertemente su focalización. Se fue asimismo comprobando la posibilidad de complementariedad entre medios que además de ampliar el radio de su influencia, permitía importantes economías de escala. Lo multimedial no aparece solamente por las transformaciones de su campo o por un simple efecto económico o tecnológico sino por las variaciones de la composición de la vida social, de la política, de las sensibilidades.
La empresalización produce una gama importante de efectos: junto a las necesidades de adecuar las propuestas comunicativas a las exigencias del consumo están los procesos de estandarización que reducen las especificidades para circular más fácilmente en circuitos comerciales que requieren de productos bastante homogéneos y que además suelen tener una rápida obsolescencia. Los tiempos internos de la elaboración mediática varían al ingresar en las lógicas de la producción industrial mientras que sus realizaciones son más permeables a la intersección de géneros, la experimentación y la espectacularización. La diversificación de la producción de la empresa multimedial (que integra recreación, acceso al conocimiento, educación, información, etc.) genera especializaciones aún más sofisticadas tanto de los tipos de periodismo como de sus modalidades narrativas e integración de medios.
La gestión empresarial de los medios vive una indudable tensión: mientras las comprensiones empresariales proveen una gramática general de la gestión que acercan los medios al mercado, signada por elementos como la eficiencia, la evaluación de la productividad, la segmentación de los públicos o la planificación prospectiva, también suele desconocer su especificidad (informativa y cultural), imponiendo en ocasiones coactiva y restrictivamente las lógicas comerciales a las comunicativas. La adopción de un enfoque empresarial impacta entonces sus sistemas de gestión, reformula severamente los énfasis organizacionales distanciando procesos que ahora se llevan a cabo en otra parte (por ejemplo la distribución o el mercadeo por outsourcing), impulsa mezclas intermediales que no formaban parte de la ortodoxia de las empresas mediáticas en décadas pasadas e impone racionalidades que están mucho más cerca de las lógicas de los negocios que de sus anteriores afanes editoriales.
Todo eso genera conmociones muy profundas que hacen que los medios cada vez se parezcan menos a lo que conocíamos de ellos hace unos años. Frente a la globalización los medios nacionales han tenido que variar rápidamente su modo de actuar, entrando en una fase de adaptación a nuevos esquemas, buscando alianzas internas y externas que lo fortalezcan, replanteando sus sistemas de financiamiento, sus nichos de mercado y sus propios lenguajes. En Brasil, por ejemplo, los medios de comunicación que hace unos años se oponían radicalmente a la presencia de inversionistas extranjeros ahora favorecen modificaciones legales que permitan la entrada de dinero y tecnología externos sin la cual sus desarrollos se verían frenados o por lo menos gravemente represados.
En Colombia se dio una discusión importante en la elaboración de su más reciente ley de televisión sobre los porcentajes de inversión extranjera en las diversas modalidades de televisión y varios sectores observaron que este ingreso era curiosamente una de las formas de democratización del medio porque facilitaba que grupos intermedios en alianza estratégica con inversionistas extranjeros pudieran competir con los grandes capitales nacionales que habían ejercido un predominio destacado en el manejo de la televisión. Cadenas como TeleAzteca han aumentado su presencia tanto en la circulación de sus realizaciones televisivas como en la compra de estaciones en diferentes países del continente y Televisa le propone a estaciones televisivas latinoamericanas un proceso de integración operacional que cualifique sus flujos de información.
Los diseños corporativos y las sinergias con otras áreas afines, especialmente con las telecomunicaciones, el entretenimiento y el procesamiento de datos, han desbaratado así los ordenamientos que se tenían hasta entonces para garantizar su funcionamiento mediático, imponen agresivas estrategias comerciales, suponen la búsqueda de otros tipos de productos, el desarrollo de algunos ya existentes y el debilitamiento de aquellos que ofrecen un mal pronóstico, exigen otros requerimientos profesionales de los equipos de producción, establecen interacciones entre medios y fortalecen la especialización de las diversas unidades de negocio. Esta fuerte corporativización replantea las oportunidades y sobretodo los caminos viables de integración.
Porque al estar unida a la desrregulación y al debilitamiento de los Estados habrá que reconocer oportunidades que se abran en esta densidad empresarial sin renunciar por supuesto a la necesidad de plantear -como lo hace García Canclini (1996)- una reconstrucción de la esfera pública nacional e internacional. Pero las variaciones de la identidad de los medios no paran aquí.
Tienen que ver con sus cambios ante la pérdida de la centralidad de la política (y los medios, especialmente la prensa, han estado estrechamente identificados no sólo con la política sino con lo partidista), con sus alianzas con otros actores sociales como organizaciones no gubernamentales, movimientos ciudadanos, corporaciones civiles que impactan en sus comprensiones de la política y de lo público y en su papel como medios (como en años anteriores eran «naturales» sus vínculos con políticos, la Iglesia, las élites intelectuales, etc.), con la aparición en su escena de temas que logran conmover de algún modo las seguridades anteriores (nos referimos a las percepciones de género, los impactos producidos por la corrupción, la emergencia de las presiones ecologistas, las modificaciones de la sexualidad, los socavamientos de las nociones tradicionales de la autoridad que influyen en sus narrativas pero también en la orientación general de su poder como actores sociales).
Estas asintonías a las que alude Lechner entre las diversas áreas sociales, «que obedecen más y más a racionalidades propias y diferenciadas», estos cambios en las velocidades, han traído para los medios otras exigencias: intermediación entre los ciudadanos y las agencias del Estado, inserción en movilizaciones civiles donde antes había afiliaciones partidarias, reconsideración del sentido público de los medios y fundamentalmente de su manejo de un bien social como la información. Hoy se puede afirmar que, además de la integración por la música, la telenovela, el fútbol o internet, ha crecido una forma de integración política, una suerte de lenta expansión de un espacio público latinoamericano que tiene en las industrias culturales un vehículo imprescindible y definitivo de desarrollo. Uno de los escenarios en que se perfila este rediseño del paisaje interior de los medios es el de la propiedad.
Es un hecho que el concepto de propiedad estático y sustancialmente acumulativo se ha modificado. Hoy la tendencia es a las fusiones, las alianzas, el traslado de monopolios naturales a una economía de variedad, la ampliación de los portafolios de inversiones y el ingreso en los medios de compañías que tenían otro tipo de propósitos estratégicos, como es el caso de la entrada de las telefónicas a la televisión abierta o de las empresas de televisión por cable al servicio de procesamiento de datos vía fibra óptica.
Este giro en la propiedad demuestra que en el caso de los productos culturales se ha dejado atrás la lógica industrial para pasar progresivamente a una lógica corporativa marcada por sinergias, alianzas que no siempre están determinadas por propiedad cruzada sino por vínculos operativos eventuales, definición de unidades de negocios con una administración gerencial flexible y traslado de un modelo de empresas que prestaban servicios o producían bienes para la circulación abierta a empresas que se preocupan más por las relaciones con sus clientes a los que conocen con mayor precisión, disponiéndoles una oferta integral y colocando su énfasis en diseños originales que promuevan diferencias con una competencia relativamente homogénea.
Cada vez se habla con más fuerza de cultura empresarial y cultura del servicio al cliente porque se entiende que la empresa es un lugar de circulación de significados que afectan directamente los procesos y las interacciones, las formas de autoridad o los sistemas de comunicación, pero también que la competencia se libra en mantener y desarrollar afiliaciones con un cliente que es sujeto de derechos, de exigencias y de responsabilidades y que como la propiedad es también móvil. El target comienza a insinuarse seriamente como ciudadano (García Canclini, 1996).
3. Figuras de la democracia, metáforas de lo público
Paolo Flores d'Arcais describe la democracia como un sistema frágil, una excepción de la naturaleza humana. Siendo una forma de gobierno paradójico es también lógicamente inerme, porque para no renunciar a él mismo -dice- debe garantizar espacio a sus enemigos, tolerancia a los enemigos de la tolerancia. «Es el régimen contranatura, porque entra en conflicto con las tranquilizantes certezas de la tradición, de la obediencia, de la pasividad. » Si hay una dimensión que ha acompañado la progresiva invención de la democracia desde su figura griega hasta su puesta en escena contemporánea es la de la comunicación. La posibilidad de contrastar puntos de vista diferentes, el acceso a información de calidad, la publicidad de los eventos ciudadanos frente a toda forma de secretismo, la participación más completa posible en los procedimientos de decisión colectivos así como en su flexibilidad y revocabilidad son todas condiciones de la democracia como gobierno pero sobre todo como ethos interiorizado.
«La democracia es un medio autorreflexivo de controlar el ejercicio del poder. Es un medio no superado de poner coto a la arrogancia sin límites y a la estupidez de los que ejercen el poder... es el mejor amigo de la precaución y de la prudencia»,3 escribe J. Keane. Aún tiene gran fuerza la diferenciación que en 1958 estableció Hannah Arendt, en La condición humana, y las asignaciones que tan certeramente hizo Jean-Pierre Vernant de ciertos tipos de géneros literarios a la gradación entre lo íntimo y lo público, aplicando al individuo el género de la biografía, al sujeto las memorias y al yo las confesiones y los diarios íntimos. H. Arendt recuerda que en la ciudad-estado griega todo ciudadano pertenecía a dos órdenes de existencia: lo que es suyo (idion) y lo que le es comunal (koinon). «Ser político -escribe-, vivir en una polis, significaba que todo se decía por medio de palabras y de persuasión y no con la fuerza de la violencia.»4
Por ello el político era un rethor. La retórica se entendía como el arte de hablar en público, de convencer, de persuadir. La unión de retórica, comunicación y política es inseparable. Sólo que la investigación comunicológica ha transformado sus comprensiones de la persuasión. No en vano los estudios pioneros de los investigadores de la mass communication research buscaron con afán las conexiones entre comportamientos y persuasión. Uno de los aprendizajes logrados fue que la persuasión no procede por transformaciones unilaterales sino por «hablar en público» , es decir por intercambiar significaciones y sensibilidades en espacios con luz. Lo público exigirá la argumentación, la interlocución, el sentido del otro como lo confirmó Lyotard. «El ciudadano -dice- es el individuo humano a quien el derecho de dirigirse a los otros es reconocido por ellos.»
La definición de Norberto Bobbio de la democracia como «poder en público» dibuja de manera precisa parte del sentido más profundo de las relaciones entre ciudadanía y comunicación, democracia y comunicación. «Utilizo esta expresión sintética -escribe- para indicar todos los expedientes institucionales que obligan a los gobernantes a tomar decisiones a la luz del día y que permiten a los gobernantes ver cómo y dónde se efectúan estas decisiones.» La síntesis de Bobbio impresionantemente cercana a la de Kant cuando define la libertad de expresión como «libertad de hacer uso público de la propia razón» resalta tanto un mundo de metáforas y figuras que rodean al sentido de la democracia como un panorama conceptual que perfila su práctica. Las metáforas han sido, por lo demás, persistentes y renovadas en la tradición del tema. Ahí está el ver, la mirada y la luz que forman parte de toda una narrativa de la visibilidad, del resaltamiento.
Si la luz permite la existencia de los objetos al ojo humano también transforma lo oculto en visible, lo secreto en publicitado. La luz revela contornos, topografías, desinencias; se interna en los resquicios para complementar las figuras, para hacer posible incluso el movimiento de la vida. Es a esa misma metáfora a la que acude Hannah Arendt en La condición humana al explicar las diferencias entre la esfera pública y privada. Mientras la «luz dura» pertenece al mundo de lo público, el encantamiento se refiere a los territorios de lo privado. Lo duro y lo tenue, lo matutino y lo crepuscular son, como se sabe, matrices simbólicas harto significativas y recurrentes en nuestras tradiciones imaginarias y poéticas. Aquí lo serán también de la política y de los ordenamientos de la vida social.
El encantamiento forma parte de otra tradición que liga el misterio y el sortilegio de los relatos míticos con las condiciones más profundas y descifrables del inconsciente como bellamente lo expuso Jacques Lacan al hablar de jeroglíficos, blasones, laberintos, disfraces, oráculos, enigmas y encantos para nombrar los hermetismos que intenta resolver la exégesis analítica, los sentidos aprisionados que busca liberar el psicoanálisis. «Puesto que nuestra sensación de la realidad depende por entero de la apariencia -escribió por su parte Hannah Arendt- y, por lo tanto, de la existencia de una esfera pública en la que las cosas surjan de la oscura y cobijada existencia, incluso el crepúsculo que ilumina nuestras vidas privadas e íntimas deriva de la luz mucho más dura de la esfera pública.
Sin embargo, hay muchas cosas que no pueden soportar la implacable, brillante luz de la constante presencia de otros en la escena pública: allí únicamente se tolera lo que es apropiado, digno de verse u oírse, de manera que lo inapropiado se convierte automáticamente en asunto privado. Sin duda, esto no significa que los intereses privados sean por lo general inapropiados; por el contrario, veremos que existen numerosas materias apropiadas que sólo pueden sobrevivir en la esfera de lo privado. El amor, por ejemplo, a diferencia de la amistad, muere, o mejor dicho, se extingue en cuanto es mostrado en público."5
La luz también es central en la visualización del proyecto de la Ilustración, es decir, de la versión moderna de la democracia política; una versión que además tiene en su centro a la libertad de expresión. «Y es en efecto ese proyectar la luz sobre todo, esa voluntad de iluminar todas las zonas oscuras, ese iluminismo frente al oscurantismo, lo que caracteriza más específicamente el siglo de las luces y lo que hace de la libre expresión del pensamiento el instrumento crucial de la cultura moderna, porque sólo quien apoya resueltamente la libertad de información, quien no tiene "miedo a saber", es capaz de ser ciudadano en una sociedad abierta» , escribe Francisco J. Laporta.6
Tras la metáfora de la luz está la del ver. La una resalta, hace evidente. La otra observa, explora, analiza, contrasta. La primera es un llamado físico de lo público, la segunda una constatación actitudinal, proactiva. Porque como señalara Paul Klee para el arte, el ver se ejercita en su propio funcionamiento, en su ejercicio.
La metáfora del «poder en público» de Bobbio es deudora también de una larga y fructífera tradición en el imaginario humano de la democracia. Podríamos inclusive decir que se trata de una de sus metáforas fundantes, primigenias. Está asociada, en el caso griego, a esa portentosa invención que significó el paso de la tiranía micénica a la democracia griega, al desplazamiento de la representación simbólica del panóptico-archivo al de la plaza-conversación. Mientras que en el primero el tirano observaba y era visto, en la segunda los ciudadanos, o mejor, quienes tenían su condición recuperaban una simetría que en la anterior representación era impensable.
Pero también del secretismo de la palabra que guardaban con un celo reglamentario los escribas en los archivos centralizados del palacio de Ánax pasamos a una palabra que se expone públicamente, en la que se entrena a los jóvenes en los gimnasios en los cuales se cuidaba la perfección del cuerpo pero también se entrenaba en el uso del lenguaje, en las artes persuasivas de la retórica. «Se les enseñaba entonces a utilizar las palabras a la hora de presentar y rebatir argumentos con la misma economía de movimientos que aprendían en la lucha.»7
El ágora: lugar abierto
El ágora como representación física y social está asociada a la idea de lo abierto, al escenario por el que circulan la palabra y ofrece una gama amplia de perspectivas. El mismo Sennet recuerda que la evolución de la democracia ateniense configuró las superficies y el volumen del ágora, «porque el movimiento posible en un espacio simultáneo era adecuado para la democracia participativa. Paseando de grupo en grupo, una persona podría enterarse de lo que estaba sucediendo en la ciudad y discutirlo. El espacio abierto también invitaba a la participación casual de los asuntos legales.»8 Este sentido comunicativo de la plaza lo dibuja también Pablo Fernández Christlieb, al insistir en que en ella la comunicación no permite establecer jerarquías perceptuales de altura sino que se dan infinitud de puntos de estancia, diversas posiciones para los participantes.
Estancias que aún hoy son más heterogéneas y menos reductibles a lo estrictamente político; el propio concepto -polémico y complejo- de sociedad civil contempla la pluralización de actores y de temas que aparecen y desaparecen de la escena social de una manera bastante fluida y desconcertante. Además de que sus intereses son más variados y variables que en los actores políticos del pasado, sus afiliaciones son múltiples y sus interacciones bien diversas.
Estas metáforas dan lugar a varias dimensiones para el diseño conceptual y práctico de la democracia, pero sobre todo permiten establecer la importancia de la comunicación en su existencia y desarrollo. Había aparecido como explica J.-P. Vernant un nuevo horizonte mental, una arquitectura simbólica en que la palabra ya no es fórmula sino debate contradictorio, discusión argumentada. Si la palabra es el instrumento de la vida política la escritura permitirá la divulgación de lo prohibido. Ahora además la comunidad supervisará las creaciones del espíritu y las magistraturas estatales.9
«Los participantes de la plaza -escribe Fernández- como los mensajes de la comunicación, al seguir trayectorias deambulantes, sin rumbo fijo, lógicamente, se interrumpen, se entretienen, se distraen, se les va el santo al cielo, olvidan su rumbo, intercambian material, alteran el mensaje, todo el tiempo, una vez tras otra, volviéndose siempre imprecisos y necesitados de aclaración, para lo cual tienen que volver a interrumpirse y entretenerse.»10 La comunicación permite la visibilidad en la medida en que abre el espacio de la deliberación pública, resalta el perfil y los puntos de vista de los diversos actores, expone los temas en controversia y sus diferentes interpretaciones y aumenta la cantidad y sobre todo la calidad de las formas de acceso al debate social. No siempre es así, por supuesto. Porque al ser interesada la comunicación posee distorsiones, campos restringidos de expresión, temas que aún quedan intencionalmente en la sombra.
Si lo público es lo «que puede ser visto y oído por todos, lo que recibe la mayor publicidad posible» (H. Arendt), los medios de comunicación son hoy instrumentos fundamentales de la ampliación o restricción de lo público. Se amplía lo público al hacer visibles preocupaciones de actores que de otro modo no se notarían, al tender los límites del reconocimiento de los «otros», al cualificar las comprensiones que los ciudadanos tienen sobre sus problemas o sobre las orientaciones de las decisiones de sus gobernantes. Se restringe al sesgar la información, al banalizar los procesos, al quitarle densidad a la complejidad de lo social. Se amplía al contribuir a constituir lo público a partir de una isonomía ciudadana, es decir, al fortalecer la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos así como a su adecuada participación en el poder.Se restringe al convertir en contrincante o enemigo al opositor, al diluir la argumentación racional y la conversación fluida, al imponer indiscriminadamente lógicas comerciales allí donde se requieren narraciones culturales muy particulares. En un trabajo reciente Pierre Bordieu critica el tratamiento de la información a través de los «hechos ómnibus», es decir, de aquellos hechos que interesan a todo el mundo pero de un modo tal que no tocan nada importante, analiza la excepcionalidad de lo noticioso y su autorreferencialidad y destaca cómo la televisión se ha convertido en árbitro del acceso a la existencia social y política.
La consolidación de un «nosotros» de la civilidad frente a las manifestaciones autoritarias, provengan de donde provengan; la formación de un espacio común y de revelación donde la sociedad civil se exprese en su pluralidad son retos que tienen hoy los medios en su búsqueda de visibilidad. «La libertad de información, el periodismo crítico, la noticia para el ciudadano (y no la manipulación del ciudadano a través de la noticia, en provecho del poder), constituyen hoy una excepción a la normalidad. . . Toda forma de arcana imperii, de la más clásica (y casi siempre invocada equivocadamente) razón del Estado a la opacidad cotidiana que la factura burocrática opone a los derechos de los ciudadanos, pasando por las infinitas impenetrabilidades de "palacio" y sus relaciones con los potentados de la sociedad civil, constituyen un hándicap para el ciudadano. Y con ello un hándicap para la democracia.»
La afirmación del italiano Paolo Flores d'Arcais en «La democracia tomada en serio» ilustra esta tensión entre visibilidad y ocultamiento, resaltamiento y sombra: opacidad impuestas por la burocratización activa de los ciudadanos; impenetrabilidades que rompen cualquier esfuerzo por incidir en lo que deber ser común y termina siendo privatizado; alejamientos que retiran a los ciudadanos del mundo de las decisiones.
Los arcana imperii contemporáneos tienen que ver con el distanciamiento técnico de una política que ya no es gestión común, con las realidades construidas desde las versiones o las imposiciones, con las brechas informativas que hacen que los pobres sean también quienes están desprovistos de información, sometidos muchas veces a una modernización acelerada y traumática que los excluye del espacio público como espacio de aparición y como herencia institucional. El «ver» se transforma en un paradigma conceptual de los vínculos entre democracia y comunicación, entre ciudadanía y medios. El ver de los ciudadanos se concreta en la posibilidad de llevar a cabo un control político efectivo de los actos de los gobernantes, en el seguimiento documentado de las decisiones políticas, sociales y económicas que afectan sus vidas o en una tarea de fiscalización que no se abandona solamente en los organismos institucionales.
La crisis de la representación que se vive en el funcionamiento de la democracia está dando paso a manifestaciones expresivas diferentes así como a una acción más directa de los ciudadanos en su relación con el Estado. Con frecuencia la intermediación llevada a cabo por los medios, el papel de voceros que cumplen en sociedades civiles debilitadas, llega a cooptar estas relaciones directas, difuminando al ciudadano, ganando para sí en institucionalidad y poder. Ahí se pueden ubicar las intervenciones plebiscitarias o referendos que buscan movilizar la voluntad colectiva frente a preguntas fundamentales, las veedurías ciudadanas, que siguen con cuidado el desarrollo de problemas como la prestación de los servicios públicos, el desarrollo de los procesos electorales o las iniciativas emprendidas por legisladores o gobernantes.
La metáfora de la apertura presente en la imagen democrática de la plaza está asociada a la igualdad de derechos y de recursos políticos, entre ellos el de la posibilidad de comunicar y ser escuchado, el respeto a las reglas de juego, a la tensión entre la palabra de la mayoría y las propuestas que hacen circular las minorías. También a la construcción de consensos en medio de la conflictividad y el disenso; consensos que no excluyen el que los ciudadanos afectados por determinadas decisiones reconsideren sus juicios. «Tomar en serio a los afectados -escribe Adela Cortina- no significa únicamente dejarles participar en los diálogos, que ya es algo, sino arbitrar los mecanismos necesarios para asegurar que aquellos de sus intereses que sean generalizables van a tener incidencia en la decisión final.
Lo cual significa rectificar profundamente el mecanismo mayoritario como regla única de decisión, asegurando el respeto a las minorías, la defensa en cualquier caso de derechos básicos y la defensa de posiciones que puedan ser pioneras desde el punto de vista moral como la desobediencia civil y la objeción de conciencia.»11 Con frecuencia los medios suelen estandarizar la opinión homogenizándola a partir de la sacralización de los énfasis mayoritarios que fabrican o con generalizaciones al desgaire (el público mediático como una ilusión escenográfica que ratifica posiciones generalizadas) o con encuestas y sondeos que se acogen sin mayores críticas o análisis. Noelle Neuman demostró en un trabajo clásico sobre la opinión pública que la sociedad amenaza con el aislamiento y la exclusión a los individuos que se desvían del consenso; por eso las opiniones que reciben mayor apoyo explícito llegan a dominar la escena pública.
Así no solamente quedan temas por fuera de la deliberación social facilitada por los medios sino que también se diluyen las variaciones posibles de sus interpretaciones en juego. La plaza en vez de reconocerse en su apertura se cierra en su ensimismamiento.
Televisión y modelamiento de lo público
Una versión más contemporánea de lo público vincula su debate con el análisis de temas como la constitución de la sociedad civil, sus interacciones y diferencias con un Estado que cada vez es una instancia menos monolítica y más porosa, el resaltamiento de nuevos actores sociales que ubican sus intereses ya no tanto en los problemas de la representación como en los de la expresión y el reconocimiento. La sociedad civil es un espacio público en el que se dan interacciones de muy diversa clase entre diferentes actores sociales más o menos organizados. La idea de sociedad civil está fuertemente unida a las realidades de deliberación social (puesta en escena de la comunicación), interacción discursiva, pluralismo, autonomía en la formulación de los propios intereses y capacidad para lograr metas sociales, culturales y políticas.
Espacio de resistencia a los autoritarismos, la sociedad civil es ámbito de configuración de las culturas políticas, la socialización de los ciudadanos, la resolución de los conflictos y la expresión de la oposición. Toda restricción de la interlocución conduce entonces a un vaciamiento de lo público. En lustitia lnterrupta, Nancy Frazer ha descrito la esfera pública como el espacio en que los ciudadanos deliberan sobre sus problemas comunes, donde se producen y circulan discursos, donde se genera un ámbito institucional de interacción discursiva. Un espacio en el cual las desigualdades y las exclusiones no se ponen en paréntesis ni se suspenden y en el que, por el contrario, siempre coexiste una pluralidad de públicos en competencia.
Es significativo que Frazer subraye que la esfera pública primero significó exigir información acerca del funcionamiento del Estado para someterla a escrutinio público y después transmitir el interés general de la sociedad al Estado mediante la libertad de expresión, de prensa, de asociación. Las esferas públicas no son sólo espacios para la formación de la opinión discursiva sino también espacios para la formación y concreción de las identidades sociales. Su planteamiento acerca de los contrapúblicos, es decir de aquellos «espacios discursivos paralelos donde los miembros de los grupos sociales subordinados inventan y hacen circular contradiscursos, los que a su vez les permiten formular interpretaciones opuestas de sus identidades, intereses y necesidades»,12 es muy importante para disolver la figuración de la homogeneidad de lo público.
La televisión es un excelente escenario para pensar en las consistencias e inconsistencias de lo público y sobre todo para verificar la historia de sus cambios y modificaciones. Porque muchas de las experiencias televisivas que obedecieron al modelo de gestión público muy pronto sucumbieron a su mimetismo con el Estado, mientras que las que adoptaron el modelo privado acogieron la supuesta racionalidad de los mercados y marcaron rápidamente diferencias con lo público.
En el primer caso, si bien se insistía en la noción de servicio público (hoy una noción cuestionada por quienes critican la presencia del Estado en lo que supuestamente no le concierne y que más bien forma parte de los flujos insistentes de la privatización) y en una televisión a la cual se le exigían cánones de calidad y responsabilidades culturales, se cayó -especialmente en los países latinoamericanos- en un modelo subsidiado, que terminó por parecerse demasiado a los canales comerciales o, por el contrario, por adoptar un enfoque supuestamente educativo que le restaba creatividad, sentido de la innovación y lo alejaba irremediablemente de las audiencias. En el segundo caso, sistemas como los de México, Venezuela y Brasil concentraron la industria en grandes consorcios que redujeron el panorama televisivo a un paisaje bastante homogéneo y poco plural, mientras que el estallido televisivo en otros países del continente produjo una enorme fragmentación con rasgos muy semejantes en su operación.
Lo público empezó a considerarse como ajeno, propio del Estado, identificado con un concepto harto limitado de lo cultural y educativo y definitivamente alejado de cualquier contacto con el entretenimiento. Pero quizás más que una adscripción a uno de los dos modelos lo que se ha vivido en la historia de la televisión es una paulatina moldeabilidad de lo público que emerge de las tensiones entre lo comercial y lo cultural, de la significación de lo masivo que inaugura el medio frente a una tradición marcada por experiencias más elitistas, de las interacciones -casi siempre conflictivas- entre las iniciativas privadas y los límites reglamentarios de estados protectores. La televisión continúa en el tiempo la historia de experiencias populares que abrieron las oportunidades de participación, de goce y de recreación a sectores de la sociedad que hasta entonces habían sido distanciados de su uso por razones tan diversas como los requerimientos educativos, las exigencias de la distinción o las discriminaciones del gusto.
Pero también se ha ido enriqueciendo el panorama de lo público con la discusión sobre la incidencia de las tecnologías que iban apareciendo vertiginosamente e impactando en las rutinas más cotidianas, con las diferencias regionales que, aunque tardíamente, mostraron las formas que podían adquirir en la televisión las expresiones locales, con las intersecciones cada vez más frecuentes entre lo nacional y lo global o entre las identidades particulares y las ofertas mundializadas que removían las ideas tradicionales de soberanía, aculturación, interinfluencia y diálogo con el exterior de años anteriores. Quienes reducen lo público en la televisión a lo estatal dejan de lado el conjunto de todos estos matices y niegan los moldeamientos de lo público.
Otros rasgos de lo público se podrían descubrir en la discusión que ha concernido a la televisión en estos años: los debates sobre la propiedad introducían lo público en el corazón de la presencia política de los grandes conglomerados económicos o en el papel de los medios en la democratización de la sociedad; las incursiones en las preocupaciones sobre la influencia social de los medios rescataban -a pesar de sus moralismos y de sus desenfoques- los derechos de las audiencias; la crítica a las injerencias políticas en el medio posibilitaba la mirada sobre el sentido de la información en la constitución de agendas públicas y la naturaleza de la representatividad de los entes de dirección (consejos, comisiones, ministerios) facilitaba la discusión sobre la incidencia de la sociedad civil en el sistema de decisiones y el funcionamiento de la televisión.
Lo público siempre luchando entre la presencia y la ausencia, entre el formalismo jurídico y la realidad social, se iba refiriendo a la importancia de la sociedad en el manejo de la televisión, los rasgos de la democratización de su ordenamiento, las distinciones entre lo comercial y lo cultural, los límites y posibilidades tanto de lo estatal como de lo privado, las confluencias entre lo local-regional y lo nacional-global. Una de las preocupaciones más insistentes hoy en día es la pregunta sobre la eventual existencia de un espacio público más amplio que obviamente rebasaría las fronteras de los territorios nacionales y que en buena parte estaría sustentado por relaciones comunicacionales y flujos informativos globalizados. J. Keane distingue microesferas públicas (reuniones de vecinos, movimientos ciudadanos locales), las mesoesferas públicas y lo macro-público (como las grandes transnacionales multimedia).
«La fluida comunicación global-escribe Néstor García Canclini- impulsada por este proceso establece comparaciones constantes entre los "estándares de vida" de regiones y países alejados, propicia debates públicos transnacionales (aunque los hechos ocurran en uno o dos países), como se vio en las guerras de las Malvinas y del Golfo, las crisis financieras de México y el sureste asiático. Pasamos de la cámara de diputados y la televisión nacionales al mundo de la comunicación por satélite como escena deliberativa. Los cambios se producen tanto en los macroagentes comunicacionales como en los emisores locales, y por supuesto en la recepción: las cámaras que filman los acontecimientos globales encuentran que desde los estudiantes chinos en la plaza de Tiananmen hasta los zapatistas en la selva de Chiapas los reciben con pancartas en inglés para ser comprendidos en todas partes.»13
La idea de una globalización de lo político que "respete los dialectos" (Vattimo) pero que a su vez enfrente efectivamente el poder de las grandes instancias transnacionales -ante las cuales tienen muy poco que hacer los Estados nacionales- forma parte hoy de las discusiones más candentes.
Televisión: medios y nuevas experiencias de ciudadanía
Frente a la televisión no existen solamente televidentes. Porque cada vez son más complejas las interacciones entre medios y ciudadanía, entre televisión y política. Acostumbrados a reconocer que en la televisión se escenifican muchas de las más importantes dimensiones de la política contemporánea y que el político devino «imagólogo», como expresó Milan Kundera en su novela La inmortalidad, no se suelen percibir esos otros actores que emergen del centro mismo de las prácticas comunicativas, ensayando procedimientos inéditos de participación, de defensa de sus derechos civiles y de afirmación de su autonomía e identidad ciudadanas. Es cierto que en la televisión se proponen temas de la contrastación pública, voces que representan sectores sociales acendrados o que apenas están en desarrollo, propuestas de los gobiernos o perspectivas propositivas de los partidos y de los movimientos sociales. El político requiere de la televisión para existir, para ser reconocido, para ubicarse.
Pero también han aparecido otros procedimientos que intentan modificar las interacciones entre los medios y la ciudadanía. Veedurías ciudadanas, observatorios de medios, consejos de lectores, defensores del lector, defensores del televidente son instancias de participación que destacan el valor ciudadano de la comunicación, el significado ciudadano que se escenifica en las comunicaciones. No es que la comunicación se haya politizado sino que la política se ha encontrado estrechamente con la comunicación. Veedurías que adelantan el control político de los medios como actores sociales de importancia y especialmente de las decisiones públicas y privadas que se toman en materia de comunicación. Observatorios que hacen el seguimiento sistemático de las formas en que los medios representan determinados temas, como las controversias electorales, la justicia o el conflicto social. Foros en donde se encuentran diversos sectores sociales para hallar caminos de democratización de la comunicación.Debates jurídicos que buscan actualizar las legislaciones comunicativas y concordarlas con las renovaciones constitucionales, los cambios sociales y las urgencias tecnológicas. Consejos de lectores en los que los medios son sometidos al análisis de sus audiencias o defensores del lector y del televidente que tramitan las críticas de los usuarios y generan reflexión y modificaciones al interior de las rutinas de producción informativas. Ligas de televidentes y asociaciones de usuarios que hallan en la comunicación una oportunidad para construirse como colectivos para acceder al debate público desde entradas diferentes a las tradicionales en política. Proyectos juveniles de comunicación que dejan atrás las ideas de prensa-escuela para poner a dialogar a adultos y jóvenes y sobre todo para arriesgarse en la constitución de una opinión pública donde los jóvenes sean actores.Proyectos comunitarios que insisten en la importancia de la información pública como parte de una modalidad nueva de gestión local o proyectos sociales, por ejemplo de género, que acogen como parte de su sentido político más vivo la participación en la generación de agendas públicas donde circulen sus temas, se entrecrucen con otros y se tramiten perspectivas de interpretación no tradicionales. Todas ellas son formas que inauguran, desde los medios, otras oportunidades para la política ciudadana, para la participación social y el desarrollo de nuevos actores.
4. Visibilidad, guerra y corrupción: la información como relato
Agazapada en los laberintos del secretismo, la corrupción es uno de los temas que hoy se representa de manera más obsesiva en los medios de comunicación. Acostumbrada a los silencios y el subterfugio, la corrupción tiene una capacidad de mimetismo asombrosa; con una relativa facilidad se adapta a las exigencias de la información y si en el pasado su fortaleza estaba en cuidar a cualquier precio su privacidad ahora lo está en acomodarse con cinismo a la visibilidad. El fenómeno se extiende por las sociedades y culturas más dispares convirtiéndose en uno de los asuntos que ocupan con mayor frecuencia la agenda pública de los países.
Desde los arreglos mafiosos que infiltran gobiernos y magistraturas hasta los sobornos de grandes compañías transnacionales a autoridades locales para buscar privilegios en licitaciones, beneficios en la explotación de recursos naturales nacionales o prebendas en gigantescas inversiones en la privatización de servicios públicos, pasando por desfalcos escandalosos de dineros estatales, fomento de negocios ilícitos, malversación de impuestos o apoyo a grandes redes delictivas de carácter transnacional. Todo ello junto a campañas anticorrupción, procesos de "manos limpias», intervenciones valerosas de jueces y magistrados, acuerdos internacionales para hacer visibles esas prácticas.
Hay una política que se narra hoy en los diversos y cada vez más sorprendentes esguinces de la corrupción (más allá de los maniqueísmos fáciles) y una ficción que visibiliza en los medios una clase de relatos que penetran diariamente en la vida de la gente. Es evidente que la corrupción ya no solamente se identifica con el poder político sino que es una trama que involucra las más dispares áreas de la vida social: la economía, la tecnología, el deporte, los medios de comunicación y hasta la religión. En las imágenes televisivas se entremezclan la bancarrota del banco Ambrosiano con sus secuelas de logias, mafias y negocios oscuros, con el flujo de estimulantes en el deporte, el espionaje industrial, la construcción artificial y manipulada de hechos de la actualidad por los medios o las mordidas ofrecidas por algunas empresas que buscan obtener para sí grandes negocios. «La identidad de los políticos -escribe Beatriz Sarlo- no se construye sólo en los medios.
Los políticos, entregándose del todo a la llamada de la selva audiovisual, renuncian a aquello que los constituyó como políticos: ser expresión de una voluntad más amplia que la propia y, al mismo tiempo, trabajar en la formación de esa voluntad. Precisamente porque en la política hay poco de inmediato y mucho de construcción y de imaginación, puede decirse que es la política la que debe hacer visibles los problemas, la que debe arrancar los conflictos de su clausura para mostrarlos en una escena pública donde se definan y encuentren su resolución. Ahora bien, si los conflictos no son presentados por la política, los medios toman su lugar señalando otros caminos prepolíticos o antipolíticos para resolverlos. La política tiene un momento fuerte de diagnóstico y un momento fuerte de productividad. En ambos momentos la relación de los políticos y los ciudadanos necesita hoy de los medios como escenario, pero no necesita inevitablemente de los animadores massmediáticos como mentores.»14
Junto a la corrupción la guerra es otro de los temas que se representa con más intensidad en los medios. Sólo que, por una parte, ha variado profundamente la imaginería mediática de las guerras contemporáneas y por otra ha evolucionado la importancia que el manejo de la información tiene en el desarrollo de los conflictos bélicos. Existen sin embargo matices que permiten diferenciar con una cierta precisión la representación en los medios de una guerra global como la del Golfo, de confrontaciones como la vivida en las Malvinas o en guerras internas como la colombiana. La representación televisiva de la corrupción y de la guerra pone en relación imágenes, política y visibilidad, publicidad y secretismos, duración y relato. Transparenta versiones del histrionismo que siempre ha tenido la política y que también conservan los rituales más sofisticados de la guerra electrónica; dibujan las relaciones progresivamente estrechas entre gobernabilidad y medios, derechos humanos y espacio público.
Junto a las imágenes de la muerte que continuamente irrumpen en las rutinas privadas, está la recurrencia a la memoria y el olvido, a la justicia y la impunidad. Los desaparecidos tienen más que una presencia fantasmal en las transmisiones televisivas que traen con frecuencia a la pantalla la constancia de su presencia. El proceso 8.000 y la confrontación entre guerrilla y ejército en Las Delicias son dos acontecimientos colombianos en donde se puede explorar la participación de los medios. El primero referido a la incidencia de dineros del narcotráfico en la política y más particularmente en la campaña presidencial de 1994, y el segundo a la incursión de las FARC en un campamento militar en plena selva del sur del país en donde fue muerto y retenido un número importante de soldados. En los dos casos se comprueba la transformación de la identidad de los medios y también su presencia como actores y no simplemente como observadores de los acontecimientos.
Los dos han permitido revelar -con sus ruidos y distorsiones- un conjunto de problemas de la sociedad colombiana y a la vez han develado los montajes intencionados de ficciones y relatos que buscaban tener efectos concretos en la opinión pública. En el proceso 8.000 está la asesoría de imagen al ministro de Gobierno involucrado seriamente en el escándalo y la detallada puesta en escena de su confesión a medias ante las cámaras de la televisión en horario prime time. En la guerra de Las Delicias, la grabación por parte de una guerrilla puritana de un simulacro de la toma al cuartel y la posterior filmación del acto de guerra; pero sobre todo la elaboración de un testimonio visual sobre los soldados retenidos que tendría una importancia tan simbólica como real en el accidentado proceso de negociación de su liberación.
En el caso del proceso 8.000 los medios rápidamente se polarizaron, convirtiendo progresivamente el evento informativo en posición política y quebrando de paso la consistencia monolítica de medios que se habían caracterizado por su homogeneidad informativa y editorial. Criticados por su instantaneidad y su fragmentación, el proceso 8.000 muestra unos medios que van desenvolviendo el acontecimiento en un tiempo largo, donde caben las historias, a pesar de la velocidad y extrema superficialidad de algunos de sus momentos narrativos. Quizás sea la naturaleza laberíntica y reticular de la corrupción la que la convierte en un hecho de tiempos más expandidos frente a otros acontecimientos sociales que son expuestos de manera episódica. El proceso también reflejó las perplejidades de los medios ante un poder al que denunciaba pero frente al cual no tenía la misma potencia desestabilizadora de otros años, cuando su presencia era imprescindible para una gobernabilidad quizás menos compleja.
Porque lo que demuestra el proceso 8.000 no es solamente que los medios cambian sino que la sociedad se transforma; al tornarse más plural, secularizada, menos homogénea, la sociedad le propone otros retos y también otros alcances al papel de los medios. La diferencia entre la representación de los medios de la corrupción y la aparente y criticada distancia que asume un porcentaje importante de ciudadanos no se pueden explicar por simple «despolitización» y mucho menos por una fácil «connivencia» de unos ciudadanos inmorales o amorales con el delito. Quizás las respuestas estén en las relaciones entre medios, representaciones sociales y gobernabilidad en sociedades heterogéneas y fragmentadas, donde los vínculos entre comprensiones y decisiones se hacen mucho más complejos y menos predecibles.
La visibilidad que ofrecen medios como la televisión es casi siempre paradójica: no responde a un ideal de total transparencia sino que es el resultado más o menos ambiguo de la intersección entre información y desinformación, verdad y artificio, montajes ritualizados y espontaneidad. En el caso del proceso 8.000 hubo una exagerada profusión de versiones, piezas reservadas, documentos parciales pero, además, una notable ausencia de horizontes de interpretación. La función de la información venció a la lentitud de la experiencia y a la necesaria densidad de la memoria. Los medios estuvieron así más comprometidos con la lógica de la publicidad que con la ampliación de lo público, pero aun así le infligieron un golpe a la corrupción que sin esa acción habría transcurrido su tortuoso camino sin mayores contratiempos.
La guerra como experiencia mediática
Desde el momento en que un contingente guerrillero del frente sur de las FARC tomó el puesto militar de Las Delicias hasta la entrega de los soldados retenidos en esa operación transcurrieron cerca de nueve meses. El tiempo, los rituales de la negociación, el manejo paulatino del acontecimiento como imagen y estrategia publicitaria pero también como lugar donde se dirimía la confrontación, la incorporación de voces, situaciones y gestos dramáticos en la narración social del evento fueron algunas de sus características más sobresalientes. Como también la enorme carga simbólica que se fue acumulando en las percepciones sociales, la intervención de los periodistas como actores del suceso que narraban, la «familiarización» del conflicto y la reducción por unos y otros de lo acontecido a las categorías -repudiable la una y aceptable la otra- de espectáculo y orden.
Refiriéndose a la guerra del Golfo, Beatriz Sarlo destacó su carácter electrónico y teledirigido que no solamente renovaba las formas del ataque sino las formas de la representación. Guido Barlozetti, por su parte, resaltó la convergencia entre las pantallas del sistema de los medios y los monitores de la red telemática que supervisa la guerra en una operación donde las visiones se confunden y las tecnologías se superponen. Lucrecia Escudero, en su análisis de la guerra de las Malvinas, insiste en que «lo sorprendente de esta guerra no es tanto la mentira de los medios como la verdad relatada. La verdad mediática. Aquello que es presentado y asumido como real y que tiene la forma de un gran relato».15
Un relato fue lo que se construyó en los meses en que la información fugaz se transformó en información relato en el caso de Las Delicias. Un relato, puesto que el acontecimiento representado por los medios se extendió en duración, se fue desarrollando en diversos momentos dramatúrgicos, puso en escena diferentes actores con roles contrastantes (militares, guerrilleros, madres de los soldados, periodistas, mediadores, retenidos, organizaciones internacionales, gobierno) y mantuvo constantemente la tensión con «golpes de género» un concepto que utiliza Lucrecia Escudero para subrayar cómo para la prensa argentina el «problema no era tanto de exactitud de la información como llenar las expectativas cotidianas con un relato que lo sostuviera».16 Se cumplía de esa manera el lema inaugurado por el estilo de CNN: no informar sobre lo que sucedió sino sobre lo que está sucediendo y se confirmaba la reflexión de Benjamin en sus «Breves malabarismos artísticos» cuando escribe:
«El mérito de la información pasa en cuanto deja de ser nueva. Ella sólo vive en ese momento. Debe entregarse a él y explicarse sin perder tiempo. Pero con el relato sucede otra cosa: él no se agota sino que almacena la fuerza reunida en su interior y puede volver a desplegarla después de largo tiempo.»17 «Una lección que entraba por los ojos» llamó Antonio Caballero a Las Delicias. Y por los ojos entraba un drama que mostraba a una guerrilla interesada en la publicidad, las imágenes y la teatralización cuando hasta entonces habían sido acartonadas, rígidas y bastante reprimidas simbólicamente. Un estilo diametralmente diferente al de otros movimientos guerrilleros colombianos que como el M-19 enfatizaron en la simbología nacionalista y en llamativos efectos de demostración. Pero la lección que entraba por los ojos ocurría porque cambiaban los procedimientos de visibilidad propuestos por los medios: por una parte lo informativo encontraba el camino del relato no sólo por obra y gracia de los medios sino por la propia dinámica del acontecimiento. El propio conflicto (su agudización) va contribuyendo a subrayar la intensidad de la representación mediática. Como en el caso de la corrupción, es una visibilidad que deja ver pero que también oculta y distorsiona, entre otros motivos porque se acortan las distancias entre periodista y hecho para convertir a los comunicadores en actores del proceso y al flujo comunicativo en otro elemento más de la tensión.
La visibilidad dada por los medios es interpretada de manera muy diferente por los actores según su valor estratégico. Para los militares es un show, «un circo con muchos payasos reunidos» para la guerrilla; la ocasión de «mostrar la verdadera situación del país» , y para un importante grupo de periodistas un «espectáculo» . Es interesante resaltar esta comprensión de la información-espectáculo como aquella que rompe los límites recurriendo a artificios y a desórdenes para presentar la realidad. Lo espectacular es así lo que se sale de los cauces, lo que desborda los cánones preestablecidos de actuación. Se supone que el espectáculo, al desordenar, deslegitima, mientras que la misión del periodismo sería organizar lo real, imponer un orden al caos del espectáculo, dotar de legitimidad. Esta visión es la que critica Bechelloni en las tendencias que subrayan de manera moralista la espectacularización de la política o de los propios medios de comunicación. «Cuando se habla de "espectacularización" de la política -escribe- o de "sociedad del espectáculo" me pregunto si tales expresiones pueden asumirse como descriptivas de situaciones reales y no más bien como el reflejo y la consecuencia de aquella mirada negativa a la televisión y de su rápida generalización. En otros términos, me pregunto si es cierto lo que está implícito en tales expresiones, es decir, que la gente mire la televisión como un lugar del espectáculo y por tanto mire la política y el mundo como si éstos fuesen espectáculos y no imágenes de la realidad construidas con el lenguaje televisivo.»18
El caso de Las Delicias abunda en constantes referencias simbólicas. La retención de los soldados se registra a través de testimonios iconográficos que aluden siempre a una intimidad convertida en evidencia pública: sus imágenes aparecen o en los vídeos que hace circular la guerrilla o en las pancartas que sus madres llevan como estandartes en manifestaciones públicas. Los retenidos no hablan, son mostrados. Las cartas llegan a la radio, para que sean leídas con un tono sentimental y calculadamente dramático. Esta operación simbólica no es inusual. Las imágenes de televisión repiten con insistencia marchas de familiares de desaparecidos que portan sus fotografías o tomas de secuestrados en sus cárceles que testimonian su indefensión. Tras de ellos se insinúan, con gran fuerza, poderes incontrolados en los que, por el contrario, desaparecen el rostro y la identidad para dar paso a la presencia amenazante del grupo. En el centro del conflicto, como suele ocurrir con las poblaciones civiles, las madres de los soldados colombianos de Las Delicias son manipuladas por todos los actores de la guerra: por la guerrilla, los militares y los propios medios. Buena parte de la representación del conflicto se hace a través de ellas.
Para la guerrilla, las madres luchaban por una libertad que los militares se resistían a acelerar; se intercambiaba de ese modo el sentimiento materno-filial por la afirmación autoritario-territorial. Para los militares se trataba de las madres de unos soldados secuestrados, sometidos a una situación denigrante e indigna. Frente a la total asepsia de las guerras tecnológicas modernas, la guerra de Las Delicias entremezcla sentimientos con lenguaje, imágenes de cuerpos con secreto. Se melodramatiza el sufrimiento. Muy pronto -y gracias especialmente a los medios de comunicación- las madres empezaron a convertirse en símbolos. Se las viste como a las madres de la plaza de Mayo en una transmutación de significación bastante perversa; porque las primeras testifican la protesta frente a la represión de la dictadura militar, mientras las segundas son utilizadas por los militares para tratar de poner en evidencia a la guerrilla.
A lo largo y ancho de este relato bélico de meses se pueden destacar cuatro elementos: la iconografía se transforma en testimonio y artefacto de negociación, las distorsiones y oficialización de la información se usan claramente como mecanismos de confrontación, la combinación de géneros como manera de relatar el conflicto y los símbolos funcionan como articuladores en la construcción de la opinión pública. Las Delicias demuestra nuevamente que muchas guerras se libran hoy en el mundo de las imágenes y de la ficción televisiva.
Notas
1 N. García Canclini, Políticas culturales: de las identidades nacionales al espacio latinoamericano, Lasa/Convenio Andrés Bello, Buenos Aires, 1998, pág.8.
2 G. Orozco, Televisión y audiencia. Un enfoque cualitativo. Ediciones de la Torre, Madrid, 1996.
3 J. Keane, "La democracia y los medios de comunicación", Intermedio nº 1, México 1992, pág.26.
4 H. Arendt, La condición humana, Paidós, Barcelona, 1993, pág.67.
5 H. Arendt, op. cit., págs.60-61.
6 F. Laporta, "El derecho a informar y sus enemigos", Claves de la razón práctica, nº 72, Madrid, 1997, pág.48.
7 R. Sennet, Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental, Alianza Editorial, Madrid, 1997, pág.48.
8 R. Sennet, op. cit., pág.59.
9 J.P. Vernart. Los orígenes del pensamiento griego, Eudeba, Buenos Aires, 1978, págs.17-40.
10 P. Fernández Christlieb, La psicología colectiva un siglo más tarde, Anthropos, Barcelona, 1994, pág.326.
11 A. Cortina. "Ética comunicativa", en Concepciones de la Ética, Enciclopedia Latinoamericana de Filosofía, 1992, pág.125.
12 N. Frazer, Iustitia Interrupta, Siglo del Hombre / Universidad de los Andes, Santafé de Bogotá, 1997, pág.115.
13 N. García Canclini, op. cot., pág. 9.
14 B. Sarlo, Escenas de la vida psmoderna, Ariel, Buenos Aires, 1994, págs. 92-93.
15 L. Escudero, Malvinas. El gran relato. Fuentes y reuniones de la información de guerra, Gedisa, Barcelona, 1996, pág.28.
16 L. Escudero, op. cit., pág.29.
17 W. Benjamín, Cuadros de un pensamiento, Ediciones Imago Mundi, 1992, págs.151-152.
18 G. Bechelloni, "Televisión-espectáculo o televisión-narración?", en Videoculturas de fin de siglo, Cátedra, Madrid, 1990, pág.57.
Fuente:
Los ejercicios del ver. Hegemonía audiovisual y ficción televisiva. Editorial Gedisa, Barcelona, 1999. Cap. II, pp. 51-85. Publicado por Cholonautas.
Comments
Es muy bueno, en principio, que este material esté disponible online. Este es un texto, quizá un poco denso, pero es claro en la exposición de la empresalización de los medios y todos sus efectos, si bien puede no ser revelador >> es una herramienta más para que nos demos cuenta de lo que sucede y lo que debemos hacer. Felicitaciones por la iniciativa!!
Spanish
- Inicie sesión para enviar comentarios