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Comunicación para la salud

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Comunicación para la salud


Por Javier Darío Restrepo.

Columnista del Diario El Espectador, de Bogotá, y El Colombiano, de Medellín. Es coautor de un libro sobre ética periodística y frecuentemente imparte seminarios y talleres sobre el tema. Desde 1995 conduce los talleres de ética de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano.

El médico que hace un año salió de la sala de partos con mi primer nieto en brazos, fue el mismo que me hizo estrenar corazón cuando me entregó a mis hijas en esa misma sala, hace 25 y 20 años. Y fue el que asistió a la recuperación de mi esposa cuando, hace 23 años, vimos morir, recién nacida a nuestra segunda hija. Les mentiría si les dijera que la figura y el talante profesional de este hombre han sido ajenos a las reflexiones y estudios hechos para responder a esta invitación. En este médico colombiano encuentro un claro paradigma de lo que pueden hacer los profesionales de la salud para obtener una maternidad sana, cuando valoran la comunicación como otro instrumento de trabajo.

Me honra la confianza que significa haberme asignado este formidable tema, la agradezco y debo reconocer como un privilegio la coyuntura que me ha impuesto la investigación de este tema rico y enriquecedor.

De entrada debo delimitar el sentido de la palabra comunicación. Excluyo la comunicación como tecnología, o como infraestructura técnica al servicio de campañas, o de las acciones médicas entre la población. Me referiré a la comunicación como contacto humano, que parte del acto comunicativo más perfecto y aún no superado que es el encuentro cara a cara.

Esto convierte nuestro tema en un asunto ético. Si aceptamos que lo ético surge cuando en nuestro horizonte aparece el otro, esta indagación sobre el papel de la comunicación en una maternidad saludable, forzosamente nos lleva a lo ético. A partir de la comprobación sobre la relación indisoluble entre ética y técnica en periodismo, que Gabriel García Márquez llamó tan estrecha como la que hay entre el zumbido y el moscardón, llego a la conclusión de que todas las profesiones, en la medida en que se ejercen como compromiso con la sociedad, ven sus técnicas atravesadas por lo ético. Este, considero, es el caso que hoy examinamos.

Por tanto, esa comunicación hecha de componentes humanos más que técnicos, es necesaria para todo el proceso de atención para una maternidad saludable. Eso es lo que me propongo demostrar en tres capítulos que denominaré: 1.- La palabra. 2.- El Otro. 3.- Las interferencias, que me llevarán, finalmente, a plantear unas conclusiones.

1. La palabra

Anota un estudioso de la ética médica que " la controversia ‚ética fundamental de la medicina contemporánea es el lugar que le reconozca o le niegue a la palabra."(1) Se trata de su propia palabra y de la palabra de su paciente. El lugar de esas palabras determina, no simbólicamente sino de modo real, el lugar del médico y el del paciente. "Los médicos se apoderan del lenguaje: la persona enferma queda privada de palabras significativas para expresar su angustia, que aumenta aún más por la mistificación lingüística" acusa Iván Illich en su estudio sobre la expropiación de la salud.(2)

Si sólo habla el médico, o si la expresión del paciente está reducida a una descripción escueta de su mal sin posibilidad de una comunicación amplia, se puede inferir que el paciente ha perdido allá, en el consultorio, su condición de sujeto y que ‚él sólo se atiende un organismo con mal funcionamiento. "Hay un modo de cuidar que evita la palabra y reduce al hombre a un organismo funcional sordo y mudo" anota un médico, conocedor del tema.(3)

Negarse a escuchar la palabra del paciente, bajo cualquier pretexto - que no hay tiempo, que no agregan información útil, que es una conversación tediosa por lo previsible, etc. - es condenarlo al silencio y sumirlo en la condición de objeto. Es el caso de esa medicina silenciosa y prepotente que sólo se oye a sí misma cuando en el curso de una investigación dicta a una grabadora o a un amanuense las observaciones sobre el objeto en estudio.

La queja del paciente es la expresión de su sufrimiento. Esa queja se vuelve palabra y comunicación si es escuchada por alguien. De lo contrario, sólo será el crujido de algo que se rompe, el grito irracional de un animal herido o el chirrido de una máquina que funciona mal. Un paciente dice su palabra porque es algo más que una máquina descompuesta o un animal herido. Por eso no es respuesta el recurso técnico, simplemente técnico, que busca silenciar la queja. Tanto pacientes como médicos pueden contribuir a esa desvalorización de la palabra.

En efecto, el paciente que esgrime su enfermedad para obtener una situación de privilegio, (y estamos aludiendo aquí a una ética del paciente) y el médico que utiliza el sufrimiento del paciente para hacerse valer. En uno y en otro caso se plantea el problema ético del lugar asignado a la palabra y de lo que ese lugar significa: o un paciente convertido en objeto o un médico que, valiéndose del poder que le da el desarrollo técnico de la ciencia médica, asume la manipulación del hombre a través de su sufrimiento. Que a eso equivalen la prolongación artificial de la vida humana, los experimentos genéticos, las cirugías de injertos y prótesis, cuando el paciente ha perdido su palabra y es solo un objeto silencioso y silenciado.

Ustedes conocen mejor que yo los difíciles dilemas éticos que se plantean, por ejemplo, en las salas de cuidados intensivos con un paciente incapaz de la palabra y unos parientes también silenciados por los prejuicios y las dudas, cuando la única palabra que se escucha es la del médico, como si fuera la palabra del Dios de la vida y de la muerte. En momentos así se entiende por qué‚ es un asunto ético fundamental para el médico, éste del lugar de la palabra.

El destino propia de esa palabra es el intercambio y la afirmación de la autonomía del que habla. Hay mucho más que nostalgia en el recuerdo de los viejos médicos que dedicaban buena parte de sus visitas a los enfermos a escucharlos como interlocutores en los que el paciente se hallaba y se afirmaba. En una palabra, el médico que escucha y dialoga contribuye a la autonomía del enfermo que es una unidad no sólo orgánica. Además lo es síquica y simbólicamente.

Estas ideas, tomadas de los estudiosos de la ética médica, conducen a la comprobación de una singular proximidad entre la ética de los médicos y la de los periodistas. Para nosotros es una controversia ética fundamental el papel que le demos también a la palabra. Los periodistas, en algún momento de nuestra actividad, también tenemos que plantearnos si la palabra que decimos es la de nuestro interés, la de nuestra prepotencia, la de nuestra verdad, o si es, por el contrario, la palabra al servicio de aquellos a quienes informamos. Como los médicos también tenemos que preguntarnos si nuestros lectores u oyentes son objetos sobre los cuales fundamos nuestro éxito o nuestro prestigio, o si son sujetos con una palabra propia que debe ser escuchada.

Y si en el caso del médico, sus palabras con el paciente tienen como objetivo ideal fortalecer su autonomía y ayudarle a asumir sus debilidades con sentido de libertad, en el caso del periodista su palabra, instrumento al servicio de la verdad, debe tener también una fuerza liberadora, como que conocer es avanzar hacia la libertad y no conocer es reforzar las dependencias.

Las consideraciones anteriores giran alrededor de un hecho que se ha mantenido en la sombra discreta de lo implícito: el poder de la palabra. Cuanto se ha visto, ratifica el principio de que no hay comunicación sin efecto. Lo saben muy bien los empresarios que invierten en información publicitaria porque tienen comprobado con estadísticas y estudios de mercadeo que el efecto de esa clase de comunicación es un mayor consumo o, por la introducción de nuevos hábitos de consumo, o por su reorientación. También lo saben los gobiernos que adelantan campañas de comunicación para inducir el pago de impuestos, o la práctica del voto inteligente, o normas de seguridad colectiva, o la lucha contra el contrabando.

Es sabido, por otra parte, que uno de los peligros para la democracia es el efecto de la publicidad política pagada, cuando esta reemplaza el debate de las ideas e impone en la política los mecanismos del mercadeo. Por todo el mundo se ha extendido el escándalo de los políticos que le han vendido su alma al diablo con tal de obtener una mayor publicidad para sus candidaturas.

Todos ellos, los empresarios, los gobernantes, los políticos, saben que no hay comunicación sin efecto y se las están arreglando para que ese efecto les sea favorable. Esa capacidad real de la comunicación para transformar las realidades, es la que se pone en las manos de quien comunica, es un potencial que está ahí, a su disposición y del que se echa mano para bien o para mal; pero, ¿cómo usarlo?

El recurso más frecuente es el de la publicidad. En los escritorios de los altos ejecutivos de los organismos de salud suelen aparecer los diseños, bocetos y propuestas de campañas publicitarias: artes para los avisos de prensa, jingles para radio, cuñas grabadas para la televisión, afiches, plegables, vallas, gorros, camisetas y todo lo que la imaginación de un comité de creativos es capaz de proponer de acuerdo con un cronograma de acciones y según los rubros de un costoso presupuesto.

Aunque caro, el producto de la publicidad se ve, la idea central suena y deslumbra, los amigos y los jefes los comentan, con algo de suerte aparecen comentarios sobre la campaña en los medios, todo mundo siente que se está haciendo algo y se está creando un hecho que se puede consignar en un informe de gestión. Pero, ¿es este el mecanismo que pone en las manos de una entidad de salud todo ese potencial educador de la comunicación?

Es indiscutible, la publicidad aumenta el consumo de productos, crea una idea favorable a un gobierno, vende candidatos, provee el ambiente propicio para el lanzamiento de automóviles o de un champú o de un detergente, a las aguas turbulentas del mercado, pero no cambia actitudes, y es esto, precisamente esto, lo que los programas de salud tienen que cambiar o inducir: actitudes arraigadas por una larga influencia cultural, nuevos hábitos que sustituyan prácticas soldadas y atornilladas por la ignorancia, la credulidad o la superstición, una visión sana del propio cuerpo y de la salud.

Todo eso su pone una entrada de quien comunica, nada menos que en la conciencia de las personas, un santuario que no abre sus puertas cuando suenan los clarines y se encienden las luminarias de colores de la propaganda. Con este recurso se logra un efecto inmediato de curiosidad, efímero y engañoso, pero después del primer impacto todo sigue igual. Crear otra mentalidad con su secuela de nuevas actitudes y de prácticas renovadas, demanda otro uso de la comunicación, al que la propaganda puede ayudar, pero no reemplazar.

Los periodistas sabemos que la noticia, toda noticia, tiene un potencial educador que es, a la vez, nuestra responsabilidad y nuestro poder. Fue descrito hace más de un siglo por Joseph Pulitzer quien, citando al honorable Whiteland Reid, dijo: "La oportunidad del periodista es inestimable. A él se le dan las llaves del oído de cada ciudadano cuando se encuentra relajado y en su estado de ánimo más receptivo, poderes de acercamiento y de persuasión más allá de los del pastor protestante o del confesor católico."(4)

Parece una exageración retórica, pero cuando se tiene en cuenta que el predicador tiene que luchar con las complejidades de un tema poco terrenal y con su lenguaje a menudo abstracto, y que el confesor debe abrirse paso, para entrar a la conciencia de su penitente, por entre la selva de sus miedos, vergüenzas, prejuicios e ignorancias, se entiende muy bien que las conciencias, como los castillos medievales, están dotadas de foso, puentes, almenas muros y defensas con las que el periodista no se encuentra.

Para él las conciencias están abiertas porque él se limita a responder la pregunta que explícita o implícitamente le formulan sus lectores, oyentes o televidentes cuando desean o necesitan saber qué ha pasado. Nadie los obliga, ellos espontánea y gustosamente abren el periódico so sintonizan el noticiero bajo el supuesto de que allí encontrarán la respuesta a su pregunta. En ese momento el santuario interior está abierto y allí entra el periodista con su información, no tan aséptica como se pudiera pensar, sino con u n enfoque, unas fuentes y una intencionalidad que le dan forma a unos hechos. En esa forma está la fuerza educativa, tanto más eficaz porque el receptor acepta que no hay interés distinto del que el periodista tiene de entregar información exacta.

Esta operación de entregar noticias se repite día tras día, es decir, que la entrada al inviolable santuario de la conciencia se vuelve permanente y su acción logra que la visión del mundo, de los personajes, de las ideas, lleve el contenido, la dirección y los elementos que el periodista hay querido incorporar a la noticia.

He querido describir detalladamente este proceso porque es el que más claramente explica la operación de una de las más eficaces formas de comunicación educativa, en contraste con la más pobre que es la propaganda. Sin embargo, las instituciones de salud, cuidadosas para planear sus campañas de propaganda, no parecen observar la misma diligencia para preparar sus materiales noticiosos que generalmente llegan a las redacciones en forma de rutinarios boletines desprovistos de intencionalidad educativa. Esa comunicación depende también, y en qué forma, de las condiciones y presupuestos del acceso al otro.

2. El otro

Pues bien, entre los apuntes que obtuve de los médicos consultados, subrayó los que se referían al acto médico porque de inmediato asoció su problemática con el conflicto ético vinculado al acto periodístico. Admiten mis fuentes médicas que esa relación médico paciente en el curso del acto médico puede seguir un modelo mecánico, esto es, una acción regida por criterios técnicos dirigidos no a una persona, sino a una parte de la persona que es su organismo. El medico cree estar tratando personas pero en realidad maneja organismos y así lo dejará barruntar en sus palabras, en sus gestos y en su actitud toda, aunque no lo quiera. Delante de sí sólo verá un organismo enfermo que, merced a sus conocimientos científicos y técnicos, deberá volver a funcionar bien.

El acto médico en esas circunstancias es el de un agente sobre un paciente, no es una relación entre personas. Una relación médico paciente, guiada por principios éticos produce el modelo sinérgico en el que hay cabida para la dinámica de la reciprocidad. El médico no es el remedo de un dios que da la vida o que anuncia la muerte, sino alguien cercano ( la palabra exacta es prójimo: el cercano ) que une sus esfuerzos a los del paciente, los estimula y los guía porque entiende que no toda la acción se origina en él, sino que la mayor parte surge del paciente. El paciente, dentro de este modelo, es persona, tiene una palabra que decir, tiene una autonomía que respetar.

A partir de ese respeto se construye la comunicación que encuentra una de sus más frecuentes interferencias en el hecho del sufrimiento que puede ser argumento para la comunicación o una interferencia.

"Mantendré alejado de ellos todo daño y todo inconveniente" reza el juramento atribuido a Hipócrates. La generalidad de la expresión del venerable texto, da lugar para pensar que el médico asume el bienestar y el bien ser de toda la persona. Así han llegado a pensarlo los que reflexionan sobre el asunto después de superar la concepción primitiva de la medicina. La teoría cartesiana " convirtió al cuerpo humano en un mecanismo de relojería y estableció una nueva distancia no sólo entre el cuerpo y el alma, sino también entre la queja del paciente y el ojo del médico. Dentro de esa estructura mecanizada el dolor se convirtió en una luz roja y la enfermedad en una avería mecánica"(5)

El concepto que sucedió a ese y que ve en el ser humano un todo íntegro, interrelacionado y expuesto a las más sorprendentes somatizaciones de emociones, sentimientos y estados de la mente, complicó los deberes éticos de los médicos y la perspectiva de hechos como el dolor y la muerte. Ante ellos apareció la tridimensionalidad del ser humano que es a la vez simbólico, psíquico y orgánico, dimensiones que exceden los conceptos de una práctica médica dirigida a suprimir el sufrimiento y a retrasar la muerte.

Quiero referirme a los conflictos éticos que afronta el médico en esas dos situaciones. Los discípulos de Hipócrates hablaban de distintas clases de armonía, cada una con su propio tipo de dolor. El dolor, por tanto, era un instrumento útil para el diagnóstico porque revelaba al médico la armonía que el paciente debe recuperar.(6)

Descartes con su imagen del cuerpo en términos de relojería, adoptó la idea del dolor como una señal emitida por un mecanismo descompuesto; de allí la formulación de la tarea del médico: matar y suprimir el dolor para recuperar la armonía, según Hipócrates, o para reparar el mecanismo averiado, según Descartes. Pero el hombre es algo más complejo que eso. Según expresión de Iván Illich " todas las culturas enseñan el sufrimiento como acto que le permite a uno hacer frente al tipo de dolor físico que no puede evitarse. La civilización médica contradice esa tradición cultural y enseña que el sufrimiento es innecesario porque el dolor puede eliminarse técnicamente."(7)

Y de esa convicción surge la demanda creciente de anestesias y de calmantes para inducir artificialmente insensibilidad, desconocimiento e inclusive inconsciencia. Tan eficaz ha sido esa práctica como sustitución de la cultura del sufrimiento que afirmaciones como las que se han hecho hasta aquí se califican sin más como expresiones masoquistas. Pero la realidad no es tan simple: el dolor se ha convertido en el motivo para la demanda de más drogas, de más hospitales, de más servicios médicos; para suprimirlo investigadores y médicos han invertido recursos y esfuerzos, porque el dolor es una parte del sufrimiento sobre la cual se puede ejercer un productivo control.

El conflicto ético resulta cuando se plantean las consecuencias de esta supresión química del dolor y de la subsiguiente incapacidad del hombre para afrontar el sufrimiento. Decía un médico alquimista del siglo XVI que el dolor " es la tintura amarga añadida a la espumosa mezcla de la simiente del mundo."

Cuando esa tintura se suprime, desaparece la capacidad para disfrutar los placeres sencillos y nace la necesidad de estímulos artificiales cada vez más enérgicos. La cierta vacilación con que el médico autoriza a sus pacientes el uso de calmantes es una señal externa de ese conflicto ético. Una medicina responsable entiende que el dolor es parte de la vida y que su radical supresión está emparentada con la gran tragedia mundial que representa la búsqueda masiva del paraíso artificial de las drogas.

Robert Lifton escribió sobre los sobrevivientes de Hiroshima. Su libro, citado por Iván Illich, muestra a aquellas personas que " anduvieron entre los lesionados y moribundos y que dejaron de sentir; se hallaban en un estado de choque emocional, sin reacción emotiva alguna. 20 años después de la bomba, mantenían el sentimiento de culpa o vergüenza de haber sobrevivido sin experimentar ningún dolor en el momento de la explosión."(8) como si echaran de menos ese nexo con la vida y con los demás que es el dolor aceptado y sobrellevado como parte de la gran tarea de vivir.

Le daban la razón a los griegos para quienes el dolor era la experiencia que tenía el alma de la evolución. Algo así como el tic tac que nos señala que el tiempo pasa. Ese conflicto que le plantea al médico la supresión del dolor, se asemeja y tiene raíces iguales a las del conflicto del periodista cuando, instalado en su confortable historia personal, quisiera suprimir de la vida de la sociedad el conflicto.

Escribía Estanislao Zuleta que "es preciso construir un espacio social y legal en el cual los conflictos puedan manifestarse y desarrollarse sin que la oposición al otro conduzca a la supresión del otro matándolo, reduciéndolo a la impotencia o silenciándolo."

Como el médico que tiene una sensación de poder cuando suprime el dolor y le fija fechas a nuestra señora la muerte, el periodista trata de tomarle el gusto al poder cuando suprime el conflicto o lo convierte en guerra. Eso es lo que significa el estímulo tipográfico, radial o televisado a las acciones represivas que, presuntamente, eliminarían el conflicto, destruyendo a los que lo generan.

La misma cómoda posición de querer un país sin paros ni huelgas, en que no haya voces disidentes ni oposición, que es lo que se puede percibir en las condenas a sindicalistas, contestatarios y opositores al sistema establecido, es una posición de rechazo del conflicto que, paradójicamente, es la más cercana a la apología de la violencia. "Para combatir la guerra, retorno a Zuleta, es necesario comenzar por reconocer que el conflicto y la hostilidad son fenómenos tan constitutivos del vínculo social como la interdependencia misma y que la noción de una sociedad armónica es una contradicción en los términos."

La pretensión del periodista de que haya una sociedad así es tan irresponsable e irreal como la pretensión del médico de una supresión del dolor y de un calendario para la muerte. En ambos casos, el del periodista y el del médico, está planteado un conflicto ético de responsabilidad profesional.

3. Las interferencias

Cuando el médico jura que no tendrá otro objetivo que el bien de los enfermos se acoge a una vieja tradición judía, avalada después por el cristianismo, que se oponía a la práctica pagana de instrumentalizar la vida con el desprecio del sufrimiento, el abandono de los hijos no deseados, el ideal de la vida fácil. La vida en sí tiene valor, según los cristianos, porque se nace para la inmortalidad y por tanto es sagrada.

Es el concepto que se descubre como sustento o vertebración de actitudes de la sociedad como esa que le da a la atención en salud, el carácter de bien meritorio, o sea, aquél que no se le puede negar a nadie, no importa su status o su capacidad de pago. En las guerras, por sobre la condición de amigo o enemigo, el médico considera prioritario el derecho de cualquier ser humano a la salud, que es el episodio vivido con relativa frecuencia por los médicos en nuestros territorios de guerra cuando, a pesar de los excesos de los grupos en armas, atienden heridos y enfermos sin mirar a quién.

Basta recordar la reacción de los profesionales del Hospital Militar en mi país cuando algún reportero urdió la historia de algunos guerrilleros que habrían sido atendidos en ese centro. Las directivas del hospital negaron el hecho, pero advirtieron que de haberse presentado los habrían atendido. Los principios humanitarios que rigen el derecho internacional obedecen a la vigencia de ese axioma sobre el valor superior de la vida humana, aún en casos de conflicto bélico y en el evento de que el herido o enfermo estén clasificados como enemigos.

Antes que esa categoría está la de ser humano. Y si no importa el status político, cultural, religioso o social para que la salud se pueda reclamar como bien meritorio, tampoco debe importar su capacidad de pago. "Las consideraciones éticas deben preceder a las económicas, si es que la medicina ha de permanecer como una empresa moral", anota desde el Centro Médico de la Universidad de Georgetown, Edmund Pellegrino, director del Centro de Bioética.

Es un autorizado concepto que nos sitúa en el centro del problema que motiva estas reflexiones. Una reciente jurisprudencia de la Corte Constitucional sobre creencias religiosas que ponían en peligro una vida humana, puesto que se oponían al tratamiento médico indispensable, ratificó esa conciencia ética mundial sobre la prioridad de la vida humana, aún sobre prejuicios religiosos.

Contra la idea de uno que otro militar que ha pretendido impedir el tratamiento médico de los guerrilleros, se ha levantado la conciencia profesional que le da primacía a la vida humana por sobre prejuicios políticos o legales. Lo que resta por examinar es si esa atención, en su calidad de bien meritorio, debe prevalecer también sobre las condiciones de orden financiero y legal que limitan como una estructura férrea, la actividad de los médicos cuando atienden la salud de los pacientes dentro de los programas de la salud prepagada.

Esa estructura ha ido dejando atrás, como una imposible utopía, esa imagen del médico que lograba una relación sin interferencias con su paciente, en la que las decisiones se tomaban a la luz del mayor bienestar del paciente que, a su vez, había podido elegir libremente a su médico y cuyo intercambio de informaciones en el acto médico estaba protegido por una inviolable confidencialidad.

El nacimiento de los seguros de salud, y la aparición de los mecanismos empresariales de medicina prepagada introdujeron unas elementos perturbadores que, aceptados pasivamente, conducirán, forzosamente, a un nuevo ejercicio de la medicina que, comparado con el de otras épocas de mayor despreocupación financiera y empresarial, hace pensar en una degradación profesional. En cambio, si esos mecanismos se examinan críticamente y se confrontan como un desafío de dignidad profesional, configuran para el médico un reto ético del que necesariamente resultará una profesión enriquecida y ennoblecida por el aquilatamiento de sus valores esenciales.

Son obstáculos a la comunicación médico paciente los sistemas de control y la presencia de intermediarios que condicionan la práctica médica, la constante amenaza de los juicios de responsabilidad civil que se pretende conjurar con exámenes, medicamentos, hospitalizaciones etc., que, más que beneficios al paciente, proporcionan pruebas judiciales al médico, el control de terceros, representantes de las aseguradoras, para el acto médico que solía transcurrir como una relación inviolable entre él y su paciente ; la interferencia de esa intermediación cuando condiciona la libertad de elección del paciente, los controles del intermediario en defensa de su interés, han introducido un nuevo obstáculo que es la violación de la confidencialidad de la historia clínica con el argumento de que es necesario un control de calidad a través de distintos métodos de auditoría.

Convertido en parte de un proceso empresarial que le resta dignidad a su profesión y acosado por el interés personal de mejorar sus ingresos y de ajustarlos a las exigencias de su status social, el médico afronta un conflicto ético, esa indefinición entre el ser y el deber ser, que puede llevar al desdibujamiento de las fronteras entre lo bueno y lo malo, entre lo correcto y lo incorrecto, o a la adopción de una deshumanizadora conducta profesional.

Se podría pensar que un momento así, cargado con estos dilemas, es excepcional e impone soluciones excepcionales. La verdad es que la utopía de un ejercicio profesional regulado por normas éticas, siempre se ha contemplado distanciada por los obstáculos propios de cada momento histórico. Que fueron de orden técnico en los momentos en que la ciencia médica apenas daba los primeros pasos ; los hubo de orden político o religioso y con todos esos obstáculos cargaron los médicos para trazar ese perfil que la conciencia de la humanidad les reconoce. Hoy los obstáculos son de otra naturaleza, pero el perfil profesional que su conciencia y la de la sociedad les reclama, es el mismo.

Es lo que se puede leer en el fondo de las consideraciones éticas que se hacen los médicos que examinan la peculiar situación de los médicos de este final de milenio. El Consejo de asuntos médicos y judiciales de la Asociación Médica Americana, , no ha dudado en proclamarlo: las reglas de la Federal Trade Comission son legales pero no éticas. Ante la conocida colisión de la justicia distributiva con la justicia conmutativa que provocan las normas legales de la medicina prepagada, los médicos asociados dejaron claramente sentado que " un conflicto de intereses es una base insuficiente para juzgar la validez de un argumento o conclusión ética.

La posibilidad de que haya intereses legales o financieros de los médicos no descalifica las recomendaciones éticas del Consejo." Este organismo, en efecto, ha señalado los componentes de una ética corporativa para los programas de administración de salud.

  1. La primera responsabilidad del médico es el paciente, con quien existe un pacto de confianza. En cualquier conflicto debe ser claro que la primera responsabilidad es el cuidado del paciente, no el sistema, ni el plan, ni los demás socios.
  2. En consecuencia, deben usarse sólo los exámenes, los procedimientos y tratamientos que sean efectivos, benéficos y no excesivamente onerosos.
  3. No deben aceptarse contratos con incentivos que impliquen recortes a los servicios de los pacientes.
  4. Los médicos deben actuar colectivamente para rechazar y oponer resistencia a su participación en planes que generan desatención a los pacientes. Deben asumir la defensa de la atención del paciente.
Estas, que son las principales conclusiones del informe de la Asociación Médica Americana parecen fundarse en la firme convicción de que la economía y la ética no deben confundirse. Si la economía proporciona medios que permitan cumplir efectivamente las metas éticas, es la ética la que define lo correcto y lo bueno. Hay una confusión perversa cuando son los condicionamientos económicos los que indican qué es lo bueno y lo correcto.

Esa enumeración de componentes, además, da por sentado que en ese conflicto entre las imposiciones de las empresas administradoras de salud y el ideal profesional del médico, quien debe y puede hacer prevalecer las práctica ética de la profesión es el propio médico. El parece ser la parte débil dentro de este engranaje montado por las empresas administradoras de salud, sin embargo, es el factor definitivo, según la visión de la Asociación Médica.

En una coyuntura en que esas empresas deben asumir la distribución de recursos escasos, la optimización de esos recursos queda en manos del médico cuya función, explica el médico Ramón Abel Castaño, es " lograr para su paciente lo que el plan de beneficios pueda ofrecerle." Esa optimización significa, por tanto, la utilización de las técnicas más apropiadas y, eventualmente, un recorte de las propias ganancias. El principio ético es terminante : el bienestar del paciente es la primera responsabilidad. Si el mayor fracaso del médico es la muerte de su paciente, su mayor éxito es que, aún en condiciones limitadas, se le garanticen condiciones de vida.

Esa interferencia que introduce el sistema de intermediarios en la relación médico paciente, plantea agudamente la pregunta : ¿ de qué está hecha la confianza que está en la base de esa comunicación que, a su vez, es fundamental en el acto médico ? Y otra vez hay que responder que la limitación que introduce un sistema que no le permite al paciente la libre elección de su médico de confianza, debe ser superada por el médico que crea, casi unilateralmente, esa confianza y hace posible, por tanto, una relación positiva para el paciente.

En el conflicto que se genera entre un médico que induce los gastos y las aseguradoras que quieren proteger sus reservas, el factor regulador no pueden ser solamente los controles de la empresa sobre el acto médico, lo cual reduciría el ejercicio de la medicina a un degradado acto de cálculos financieros. Antes que esos controles, es la acción del médico en defensa del paciente la que se convierte en el factor regulador definitivo. Otra vez el médico como pieza morigeradora dentro de un proceso que de otro modo sería deshumanizante.

Lo que antes fue la lucha para preservar la vida a pesar del atraso científico y tecnológico, es hoy la batalla para impedir que el derecho primario a la vida no quede subordinado a derechos secundarios como la economía. Su tarea es defender el derecho a la vida y preservarlo del secuestro de derechos derivados. Es un asunto que muy probablemente no tiene que ver con la violencia de los hombres armados, ni con su pobre valoración de la vida. El problema tiene otra dimensión para el médico, y es que hoy tendrá que defender la vida de los cálculos y de las escaseces que como maquinaria infernal están destruyendo el derecho a vivir. Es allí donde pude situarse el verdadero combate de los médicos de este fin de milenio.

4. Conclusiones

En 1970 una Conferencia Mundial reunida en Kioto llegó a la convicción de que esa coincidencia era posible. Allí deliberaron miembros de la fe bahai, budistas, confucionistas, cristianos, hindúes, jainistas, judíos, mahometanos, sintoistas, shiks, zoroastristas y representantes de otras religiones y culturas. Su búsqueda común los llevó a comprobar que no obstante sus diferencias religiosas y culturales, estaban de acuerdo en puntos como estos:

  • La unidad y dignidad de todos los hombres;
  • la inviolabilidad del individuo y de su conciencia;
  • el valor de la comunidad humana;
  • la persuasión de que poder no equivale a derecho;
  • la fe en que el amor, la compasión, el altruismo, la fuerza del espíritu y la veracidad interior son superiores al odio, la enemistad y el egoísmo.
  • El sentimiento de la obligación de estar de parte de los pobres y oprimidos,
  • Y la esperanza de que la buena voluntad vencerá al fin. (8)
La coincidencia de tan diversos grupos en estos puntos reveló que hay un alma común, una percepción común de valores éticos en la humanidad. Pero también dejó en claro que el consenso sobre ellos es una especie de última y definitiva alternativa que le queda a la humanidad.

El pensamiento moderno había reducido la ética al ámbito personal y privado. La postmodernidad ha cambiado ese criterio: están de por medio la supervivencia de las sociedades y el bien de las personas. Ahora la ética es un asunto de todos.

Nunca en la historia de nuestro congreso y de nuestros partidos políticos habían existido comisiones de ética como las que se impusieron en los últimos años, no por seguir una moda, sino como respuesta a una necesidad social. La responsabilidad ética, que antes se trasladaba a las religiones, ahora tiene que ser asumida por la totalidad de la sociedad.

Un orden económico nacional o mundial sólo opera dentro de un contexto ético, salvo que alguien crea que puede moverse en esas actividades guiado por la ley de la selva. Se necesita un consenso mínimo, sobre valores éticos fundamentales, para que la racionalidad y el respeto guíen la economía. Esta misma comprobación hacen todos los que encaran en toda su crudeza el problema ecológico que, antes que un asunto político, ha llegado a revelarse como un problema ético de la sociedad y de las personas.

Las escenas de horror que el hombre de fin de milenio está contemplando en Ruanda o en Bosnia, la degradación del ser humano que allí se ha dado; el regreso a la discriminación racial que provocaron en los países europeos las migraciones masivas; la intensificación de la delincuencia en las ciudades, convertidas en selvas pobladas de peligros para el ciudadano solitario en medio de la multitud, inerme y desvalido frente a la delincuencia poderosa y a un estado disminuido; son hechos que inducen el pensamiento de unos acuerdos mínimos que permitan la supervivencia de la especie. Como si aceptado el fracaso de la civilización hoy se estuviera clamando por la solución de emergencia que expresamos en nuestro lenguaje cuando decimos que del ahogado, el sombrero.

De qué le sirve al mundo tener todo el conocimiento, aprobar todas las leyes, idear todos los reglamentos y disponer de todos los recursos si en el interior de cada hombre no hay una actitud ética hacia esas leyes, reglamentos y recursos. Las leyes y reglamentos tienen que ser aceptados . Sólo cuando esas normas son aceptadas por toda una sociedad, adquieren valor sus leyes y reglamentos.

Hoy por hoy están coexistiendo todas esas leyes y reglamentos con situaciones de catástrofe moral en la economía, en la política, en la ecología o en la cultura. Piensen ustedes si no en el millón 800 mil dólares que se gastan en armas cada minuto; o en los 1500 niños que mueren cada hora de hambre o de enfermedades causadas por el hambre; o la destrucción anual de bosques tropicales en un área equivalente a la de Corea. Y quedan sin mencionar los muertos que producen a diario las distintas guerras, o las pérdidas incontables que ocasiona la corrupción en todos los países del mundo.

Son cifras y hechos que demuestran la existencia de una catástrofe mundial que sólo podría ser detenida por la aceptación de una ética universal que preserve el presente y el futuro de la humanidad. Con evidente lucidez decía Paul Volcker, presidente de la Federal Reserve de los Estados Unidos, ante los numerosos escándalos económicos y corrupciones en el Pentágono, ministerios, agencias federales y Congreso:" el que América se conserve fuerte y conservemos nuestro liderazgo va a depender en parte de que seamos capaces de restablecer una elaborada sensibilidad ética."

La ética, señores, se ha salido de los libros y de los estudios de unos especialistas y se ha convertido en un factor de supervivencia de la sociedad amenazada. Es asunto de vida o muerte y por ello todos estamos descubriendo - como nos ha sucedido hoy a médicos y periodistas- que tenemos valiosos elementos en común dentro de esta tarea de recuperar y salvar a la familia humana.

Notas

(1) Malherbe Jean Francois: Pour une etique de la medicine. Ed. Ciaco. Bruselas, Bélgica 1987. Cap. 7

(2) Iván Illich: Nemesis Médica. Barral Editores. Barcelona. 1975.

(3) Vasse Denis: Le poids du reel: la souffrance. Seuil París. 1983. P. 31.

(4) Josep Pulitzer: la idea Fundacional. U. Antioquia.Documentos. 3. Medellín 1999.

(5) Ivan Illich.. Opus citatum. P. 143.

(6) A. Souques. La douleur dans les livres hipocratiques. Bulletin du societé francaise du medicine. 1937.

(7) Illich. Op. cit. P. 121.

(8) Robert Lifton: Death in life survivors of Hiroshima. N. Y. Random House 1969.

(9) Cf. Hans Kung. Proyecto de una Etica Mundial. Editorial Trotta. Madrid 1992. Pág. 85.

Para más información contacte a:
Javier Darío Restrepo
E-mail: contactenos@fnpi.org

Comments

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puxa no sirve de naa pongan pag k sirvan esop y ponga cosas buena lo dijo en buena onda

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las enfermedades son "problemas" y el medico es nuestro hombro sobre el cual llorar, entonces cuando tu le cuentas tus problemas a un amigo o a un confidente esperas atencion, que se apersone de tus problemas los viva contigo y te ayude a solucionarlos es relativamente lo mismo en la relacion paciente-medico buscamos alguien que nos escuche nuestros dolores de cabeza quie se apersone de nuestros males fisicos y que se comprometa con nosotros a aliviar todos estos sintomas. muchas veces nuestras enfermedades son solo sintomaticas y con solo que nos escuchen y nos persuadan de los sintomas nos curamos que es al final el objetivo.

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