Acción para el desarrollo en América Latina con sociedades informadas y comprometidas
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La edad de lo fáctico

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Autor: Carlos J. Ossa
Profesor universitario e investigador del Centro de Investigaciones Sociales de la Universidad de Arte y Ciencias Sociales ARCIS y de la Universidad de Chile.

 

Texto completo:

 

"Estamos a medio camino. Prolifera la modernización revolucionaria ingenieril pero distamos mucho
de alcanzar el punto den llegada: la modernidad"
Alfredo Jocelyn-Holt: El Chile perplejo.

 

 

El sociólogo francés Pierre Bourdieu, entre otros muchos intelectuales, ha consagrado una visión trágica sobre la relación entre la cultura mediática y la democracia, dice: "Los peligros políticos inherentes a la utilización cotidiana de la televisión resultan de que la imagen posee la particularidad de producir lo que los críticos literarios llaman el efecto de la realidad, puede mostrar y hacer creer en lo que muestra. Este poder de evocación es capaz de provocar fenómenos de movilización social".(1)

 

El cientista político Giovanni Sartori por su parte refuerza las sospechas: "Con la televisión las autoridades cognitivas se convierten en divos del cine, mujeres hermosas, cantantes, futbolistas, etcétera, mientras que el experto, la autoridad cognitiva competente (aunque no siempre sea inteligente) pasa a ser una quantité negligeable. Y sin embargo, es una clara evidencia que los que realmente son útiles provienen sólo de las personas adiestradas en los asuntos de los que hablan".(2)

 

Las dos citas han sido elegidas porque guardan una co-incidencia: su malestar ante un mundo gobernado por la influencia de la mediatización, ajustada a la centralidad de lo icónico en la construcción de veracidad y sentido. Un implícito también las emparenta: culpan a la televisión de lo que la política ha dejado de hacer.

 

Larga es la insistencia del mundo intelectual en definir sus posiciones telefóbicas como el "tono" digno con el cual enfrentar la catástrofe de la futilidad mediática. La sumisión teledirigida de millones de "homo videns" encuentra su piedra de tope en una corriente de pensadores influidos por un cierto "elitismo residual" que los redime y convierte, al mismo tiempo, en los únicos escribas que no se han contaminado con la pesadilla de las masas. De esta suerte, descubren la comedia humillante que la televisión impone y pueden "desenmascarar" las manipulaciones in-formativas producidas por las corporaciones económicas, los lenguajes visuales y los impenitentes periodistas.

 

Uno de los conceptos con los cuales se ha popularizado la caída de la democracia en el espectáculo es el de la videopolítica. Describe un sicariato visual donde la vida útil de lo político queda reducida a la ritualidad sin fondo de la información irrelevante. Sartori, quien ha acuñado el término, tiene fuertes simpatizantes en Europa y América Latina, y aunque en Chile circula con visible timidez, la argumentación que la anima se deja traslucir en el debate nacional, por los mismos que gozan con lo que critican.

 

No está de más advertir que las relaciones entre política y comunicación al final del milenio no están amparadas ni por la transparencia ni el sentido ético, ni la bondad de los discursos, sin embargo pretender exculpar a la política haciendo recaer su crisis en la satanización televisiva es un poco exagerado. Tampoco se trata de una defensa neopopulista seducida por el zapping, la explosión de las diferencias o un cinismo "políticamente correcto".

 

Una tentación teórica nos permitiría encajar la situación chilena en la videopolítica, en desplazar los problemas del poder a la "escena vulgarizada" de noticieros que hacen relaciones públicas; programas de conversación que repiten la máscara del rostro; series históricas que resumen la memoria en imágenes patrimoniales. Sin embargo, la investigación académica tanto a nivel periodístico como comunicacional, es bastante pobre (incluso el Estado la desprecia y la atrasa al dejarla fuera de varios fondos concursables), como para internarse en esa frontera.

 

El tema resiste a ser tratado así, hay una constatación que se opone: en Chile, a diferencia de Brasil o Perú, el peso de las máquinas partidarias es bastante contundente y, por lo mismo, la selección de temas, candidatos y fórmulas de representación recae más en el sistema de partidos que en las "empresas político electorales" (Landi). Por tal motivo, las combinaciones todavía dependen de los partidos, las rutas de adhesión siguen en manos de "jefes de campaña" pero el lenguaje y la gestualidad viven en constante ajuste, abrazados a las estéticas fragmentarias, a las simultaneidades del relato con sus ilusiones de totalidad simbólica. El proceso tiene, sin duda, las marcas iniciáticas de la publicidad...

 

En este campo, la videopolítica sería posible en la medida que las estrategias partidarias y económicas del consenso fracturado administraran la desigualdad, disolviendo en la multitud de imágenes la concentración de la riqueza y la información. De este modo, el lenguaje que justifica -con cajeros automáticos, torres de telecomunicaciones y publicidad computa-rizada-las ausencias y abandonos podría hacer gala de una retórica de la intransigencia que incluye en lo icónico lo que excluye en lo social (Hopenhayn). Pero esto no es solo un problema de la tele-visión y su estética de la des-aparición (Deótte), sino la trizadura de la gestualidad política que en los últimos diez años no ha podido construir una escena trascendente a sus silencios.

 

¿Cuarto poder o patio trasero?

 

Más allá de la videopolítica y de su pertinencia o no para caracterizar el funcionamiento sociocomunicativo chileno, hay una pregunta que no tiene amparo en la investigación y la discusión académica y en la práctica: ¿por qué el periodismo se ha burocratizado al punto de ser el ase-sor de palacio de una política de libretos? ¿Qué transición ha vivido la comunicación que puede ser retratada como la sirvienta de los monopolios?

 

Estas interrogaciones no pretenden alzar gremialismos indignados en busca de reparación, sólo indicar lo que el investigador Guillermo Sunkel (3) ha llamado "la curiosa inversión del proceso democratizador, que en vez de favorecer la diversidad ideológica y cultural de los medios, respecto a la que existía en los últimos años del régimen militar, la ha merma-do. Hoy aparecen ciertos indicadores peligrosamente regresivos: concentración económica, debilitamiento de medios regionales; predominio abrumador de unos me-dios ultraliberales en lo eco-nómico e integristas en lo moral, que de ninguna manera responden a la gama completa de ideas y tendencias del conjunto de la población".

 

La transición y el periodismo parecen haber pactado un horizonte de uniformidades, cautelas y reiteraciones lo suficientemente amplias y estables: el único deseo es ser el destino del otro (Braudillard). Los discursos, sin ecos, las anomalías sin consecuencias se instalan en periódicos y pantallas con la tranquilidad de los cementerios y diluyen en las retóricas de la "objetividad" la carencia de información por exceso de conformismo.

 

En ese sentido, Sunkel describe una periodicidad de las fuentes y los rostros que huele a vigilancia: "se trata de una práctica significativa que algunos periodistas han denominado 'periodismo en piño'. Esta proviene de la arraigada costumbre de hacer de los frentes noticiosos permanentes la columna vertebral de la pauta de los medios. Los frentes, entonces, se domicilian en el ejecutivo, en la policía, en tribunales, en los partidos políticos... y su abusivo protagonismo ha traído como consecuencia la uniformidad en los contenidos de los informativos, tanto en los medios audiovisuales como en la prensa escrita".

 

La frecuencia de los frentes termina confirmando las lógicas del consenso porque no se busca la noticia: se la negocia. Facilita un regocijo entre periodismo y poder que reitera "la circulación circular" de los hechos (Bourdieu) y promueve un disciplina-miento de los discursos y los acontecimientos que son pasados por "realidad".

 

La idea de opinión pública, por ejemplo, se vuelve idílica en las versiones formateadas que la televisión y la prensa imponen. Se la trata y describe como un comportamiento libremente realizado donde habla una ciudadanía cuya voz es recogida y divulgada, sin embargo, opera igual al muñeco del ventrílocuo. Con un pequeño esfuerzo se podría demostrar que la opinión, en el ejido representacional chileno, no ha sido una garantía de la participación social, pues a lo largo del siglo veinte quienes la han ejercido son las instituciones públicas y privadas. Lo más significativo de este desplaza-miento es que la política transicional diluye el espesor histórico del accionar del poder, lo amnistía de su deterioro y lo instala en un privilegio comunicacional donde finge vivir para los medios y, a veces, ser su víctima.

 

El lugar donde mejor se percibe la necesidad de la política de no ser tocada, de con-tener todas las interpretaciones y certezas, es en las conferencias de prensa, en este punto Guillermo Sunkel precisa: "como periodista no produce la noticia, sino se entrega hecha, se corre el peligro de dar por cierta una verdad pulida y oficial. Ahora, la conferencia de prensa es un mecanismo utilizado en todos los países, la perversión en el nuestro consiste en que la información recibida se suele aceptar sin mayor investigación, sin búsqueda de fuentes alternativas, sin la reconsideración de los hechos.

 

Esta es una práctica de un periodismo oficialista (que consagra las versiones institucionales de todos los sectores políticos) altamente pasivo y que tiene el efecto más grave de que los colectivos y organizaciones que no tienen capacidad de montar estos actos quedan margina-dos y su versión de la realidad muchas veces es silencia-da e incluso distorsionada porque es vista a través del discurso de otros". Este rasgo habla de una forma de ad-ministrar el presente, de dotarlo de una significación horizontal (no democrática) donde la transición es un plagio de las voces.

 

El tema no es menor y la sensibilidad pública ya está habituada a leer las prácticas político-comunicacionales como remanentes de operaciones visuales-publicitarias. Desde el retorno a la democracia en Chile la tendencia pareciera justificar las perspectivas más crepusculares, pues ni la libertad de expresión ni la circulación diferenciada de ideas, ni las discusiones culturales pueden traspasar esa corteza escamosa de la repetición y la censura que caracteriza al mercado y la producción simbólica. El resultado, parafraseando al pensador alemán Jeffrey Herf, sería la constitución de una sociedad desencajada entre su equipamiento tecnológico y su fundamentalismo moral, en suma, una experiencia de modernización reaccionaria.

 

Las explicaciones sobre la transición han sido escasas desde el espacio dramatúrgico (Joignant), pues la tecnificación de los relatos con su arrogancia obesa excluye cualquier dimensión no sujeta a la "estadística": son las nomenclaturas funcionarias de la democracia chilena, las que defienden los repertorios modernizadores, a través de la crónica sumisa de un orden depositado en el porvenir del lenguaje. Cuando semantizan los contenidos periodísticos estos repertorios no sólo tienen una influencia en lo dicho, además la tienen en lo que se deja de decir.

 

Al respecto, Guillermo Sunkel ofrece algunos ejemplos: "La autocensura tiene mucho que ver con el consenso generalizado y con el deseo de no molestar a nadie. El periodista se autocensura porque lesionar ciertos intereses o afectar algunas susceptibilidades le puede resultar muy caro. Si un inocente chiste sobre el Papa contado por el humorista Palta Meléndez en el Festival de Viña produjo la ira pública del entonces obispo de Valparaíso y del propietario de Megavisión, y si un simple garabato en pantalla del poeta showman Mauricio Redolés le apartó de la tele-visión definitivamente, es explicable que los profesionales se lo piensen antes de difundir informaciones o expresar ideas que puedan ofender a algunos poderes del país, que tienen la piel demasiado fina.

 

De lo señalado se desprende que el poder muchas veces no tiene necesidad de ejercer presión: la autocensura es suficiente. De hecho, la toma de decisiones en los medios muchas veces no está afecta-da por presiones. Estas se toman espontáneamente para evitar riesgos y problemas. La omisión termina convirtiéndose en un veto a ciertos sectores. En particular, ella afecta a las minorías étnicas, sexuales y a ciertas minorías políticas. Las listas negras existen y se da el caso curioso de obispos que han sido vetados durante años por el canal de la Universidad Católica, por planteamientos que se salían de su línea editorial".

 

En una investigación sobre libertad de expresión Guillermo Sunkel y Rafael Otano se preguntaban: ¿por qué la transición había reducido el campo discursivo del periodismo a vestir a la autoridad de cierto delirio jurídico y moral? Sabemos que ambas son las fórmulas para subordinar por admiración o temor, pero ¿no debió la democracia garantizar la "apertura informativa" que ya existía? ¿Qué espectralidad debía ser recubierta de modernización para satisfacer a un país hecho a la medida de empresarios, aseso-res y gendarmes?

 

En la perspectiva de Guillermo Sunkel la cuestión de las presiones es sustancial para en-tender el lugar del periodismo escrito o televisivo. Estas no sólo hablan del carácter prepotente de los monopolios políticos a la hora de construir los lenguajes de su distinción y felicidad, sino de caracterizar una deficiencia, permanentemente producida y reproducida por las escuelas universitarias, los medios y los poderes: "Las presiones internas existen y las externas también, y esto es algo normal en cualquier régimen democrático.

 

El problema en nuestro país reside en la es-casa capacidad de negociación de los periodistas frente a los poderes externos, lo cual es un indicio de la debilidad de su cultura profesional. Una de las explicaciones es que existe en el periodismo chileno de los últimos años una ruptura con el propio pasado. La historia de antiguos medios prestigiosos y de profesionales ilustres no opera más que de modo excepcional... Esto es más dramático aún en las nuevas generaciones, que salen con una sensación de orfandad y de empezar el oficio práctica-mente de cero. Se une, además, una fuerte desprotección sindical y gremial. Las escuelas de periodismo, por su parte, no estimulan la asertividad profesional, por encima de las habilidades instrumentales no se percibe en muchos titulados una con-ciencia de su dignidad social y, por último, se agrega la saturación del mercado que fo-menta malas condiciones para ejercer la imaginación y la autonomía."

 

Aunque la matriz mercantil es usada reiteradamente para explicar el estado de la prensa, la redundancia de los pro-gramas concursables o la frecuencia "interesada" de las noticias sociales o económicas, las dimensiones ideológicas han tenido un papel central, tanto en el contenido como en la relación de los medios con los distintos actores políticos. En muchas ocasiones el mercado ha sido una excusa para hipostasiar aquello que es pura y violenta demanda política. "El mundo político -señala Guillermo Sunkel- no suele obrar con mucha sutileza, porque se siente curiosamente legitima-do en sus protestas contra los medios.

 

Las relaciones entre periodistas y políticos se vuelven especialmente complejas durante las campañas electorales. Entonces las presiones suben de tono con quejas continuas de los políticos y sus operadores, amenazas verbales y a veces con increpancias directas. Las susceptibilidades habituales se agudizan y cada bando considera que existen ventajas para el adversario. Se arma un cuadro de paranoia colectiva; se piensa en conspiraciones y en premeditadas jugadas sucias... En los momentos más críticos (campañas, debates importantes) los partidos y grupos fácticos 'emplean a los medios para operar'. Medios como Radio Cooperativa se hacen clara-mente parte de la campaña, como ocurrió en las primarias a favor de Zaldívar. La situación se vuelve a veces tan pesada que medios como La Tercera, durante las primarias, optó por dividir la información de la campaña en dos mitades exactamente iguales. Y es que los comandos todos los días miden el centimetraje y protestan cuando se sienten perjudicados. Lo mismo hacen con los medios audiovisuales respecto al espacio de tiempo en pantalla".

 

Discursos sin escritura

 

Si las observaciones sobre el pensamiento reaccionario de Albert Hirschman, tipificado por una retórica de la futilidad, la perversión y el riesgo, pudieran ser aplicadas a la lógica comunicacional de la transición, tal vez hallaríamos un dato recurrente: la intransigencia. Pero tales categorías también pueden ser cuestionadas en la medida que ofrecerían un cuadro demasiado favorable a la crítica evidente y conclusiones -sospechosamente- afines a las profecías autocumplidas. En todo caso, el tema de la intransigencia permite comprender la discursividad política de la democracia actual. Hay una competencia semántica con un fuerte anhelo de realidad presionando sobre los medios de comunicación, y al mismo tiempo, estos retroalimentándola a favor de un territorio sin densidades, pero exuberante en superficies: la actualidad.

 

La política y la comunicación se disuelven en un mismo re-lato modernizador con muchas variantes y estas, a su vez, se reagrupan en un discurso sin escritura, secuencial, normativo y múltiple que da obsolescencia a cualquier drama, repone éxitos calcula-dos y promueve un diálogo corporativo de dos frentes, que se debe vivir como obligación pública: oficialismo y oposición. La teatralidad de ambos lados es recogida en los medios, organizada y he-cha circular incansablemente, no siempre corporeizada en política, también asume la forma de lo económico y cultural.

 

Sunkel destaca varios puntos: "La presión económica es más invisible que las que ejercen los actores políticos. Y, desde luego, a corto y largo plazo, mucho más eficaz. Hay especial cuidado en el tratamiento noticioso de los que invierten publicitariamente en los medios y, además, los avisadores intentan a veces evitar un reportaje o bajarle el perfil cuando les incomoda o, a la inversa, poner en tabla algún asunto o evento que les conviene.

 

Los propietarios y directores de los medios son muy sensibles y obligan a no informar o a no investigar sobre determina-dos temas que afectan a avisadores o a elevar a la categoría de noticia hechos sin apenas significación". La producción noticiosa, entonces, acepta ese cruce de la animación japonesa (convertida en estudio fetiche de la violencia infantil) con la publicidad de transnacionales presentada como ferias del consumo y el bienestar y reportajes periodísticos que promueven los "milagros" de los monopolios farmacéuticos o "especiales de prensa" que reescriben la historia del país de acuerdo a las editoriales de los bancos, las gaseosas o los catálogos de multitienda.

 

El sistema comunicativo de la democracia no puede salirse de sus reglas, ya que no le son impuestas a los sujetos, lo son a los procesos. El "diálogo" tolera un marco muy pequeño de temas y las posibilidades del debate están limitadas a los rituales de escenificación prefabricados. La paradoja mayor de la transición democrática es que su espacio conversacional es tautológico y aquello que no puede contener lo expulsa, pero vuelve en forma de polarización (cuando la política pierde la forma de su discurso) o bien, en forma de globalización (cuando las diferencias son reorganizadas en la exhibición comunicacional). En ambos casos siempre se detiene en su autorreferencialidad y el plan periodístico -al igual que otros planos discursivos vinculados con el poder- hace una síntesis que sólo logra dar cuenta de un lenguaje procedimental; imágenes patrimoniales y figuras esquematizadas.

 

Entonces, ni los reclamos periodísticos por falta de libertad de expresión ni los reclamos políticos por la banalización de la tarea cívica pueden ir más allá de los límites con los cuales han construido una serie de silencios fastidiosos, de redes y flujos signados por la clonación. La complacencia mutua iniciada en los años noventa los aprisiona hoy en la jaula de la melancolía donde confunden espectros con sentidos.

 

La gestualidad como escritura política ha teñido la escena informativa y los públicos ya se han alfabetizado con los re-cursos y las cosméticas. La intimidad electrónica del control remoto permite editar a Lavín o Lagos con los goles de Zamorano o Salas, la tele-fónica pegarla con los accidentes de tránsito, las declaraciones del ejército unirlas con las muertes que deja el cheque en garantía y las movilizaciones mapuches empalmarlas con el aumento estadístico de la obesidad de los chilenos. La desigualdad social se compensa con visibilidad mediática y, viceversa, es la dilatación simulada del éxtasis, una proximidad que no es ilusión sino obscenidad, es decir el fin de las formas.

 

La integración, dice Sunkel, finalmente impide concebir un afuera con capacidad autoregulatoria. Podemos agregar que todo se hace idéntico a sí mismo. En esta medida, la noción de video-política con su visión dualista (televisión versus democracia) promueve más que un análisis una esperanza: la existencia de un afuera que intervendrá para poner las cosas en su lugar con los expertos indicados. Pero el método que garantiza la situación descrita tiene el peso de la tradición y la vastedad de su anonimato histórico y como entre periodismo y política también funciona el dualismo memoria-vencedor, la historia contada comienza a parecerse a la historia creída. Es como el Molloy de Beckett: " De tanto pensar que así era mi vida, terminé creyéndolo: de esta forma comienza toda publicidad..."

 

Notas

(1) Sobre la televisión: pág. 26. Editorial Anagrama, Barcelona, España, 1997.

(2) Homo Videns. La sociedad teledirigida: pág. 114. Editorial Taurus, Madrid-España, 1998.

(3) Sociólogo chileno de larga trayectoria en la investigación de campo en comunicación, Phd en Estudios Culturales de la Universidad de Birmingham, académico de la Universidad de Chile, investigador del Consejo Nacional de Televisión.

 

Fuente:
Revista Diálogos.



Para más información contacte a:
Carlos J. Ossa
E-mail: millatun@ctcinternet.cl

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Muy buenoi su art;iculo, yo estoy terminando mi trabjo final de grado y encontr;e este art;iculo buscando a Bourdie. Estoy investigando sobre los efectos de la publicidad en la pobreza en Córdoba, Argentina, segunda ciudad del país. Mi marco teórico se basa en Bourdieu, pero me gustaría saber si Ud. cuenta con trabajos publicados sobre este tema específico.
Saluda Atte. desde Arg. María Belén- milgrullas@uolsinectis.com.ar

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La video politica se origina desde el arte,el arte neoclasico nacionalista donde se personifica una imagen de lider ( Napoleon), o como tambien en las mismas monedas romanas con el logo de Cesar. Por ende la video politica es una accion conservada dentro del sistema social, dominando asi a los llamados " unsapiens", comvirtiendolos en "masas" y donde les mantiene su movilidad electoral jugando con el voto.Bueno y de la implicancia que causa la video pilitica en el sistema democratico representativo ( opinion publica).. mejor ni comentarlo.

larisalos@hotmail.com.. un estudiante de ciencias politicas inquieto.

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